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Últimamente los demócratas se quejan de la falta de ética social, poniendo como ejemplo las preferentes, los desahucios, el despilfarro de los aeropuertos vacíos y demás derroches, o los sueldos de millones de euros de los banqueros y de los miembros de los Consejos de Administración de los bancos o los múltiples cargos con sueldos millonarios de ex políticos, o las decenas de cargos públicos en sociedades paraoficiales dados a políticos, etc, etc. 

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Comprenderán ustedes que un programa profundamente patriota como éste, que a menudo rastrea en la actualidad y busca todo tipo de excusas para hablar de España (que es lo que de verdad nos gusta), lo haya tenido bastante fácil esta semana para, una vez más, reflexionar sobre el país que tenemos. Sobre cómo ha cambiado, si para bien o para mal y en qué medida, esta gloriosa nación que ha iluminado al mundo durante siglos y que ha sido la envidia de otros pueblos no tan generosamente tocados por el dedo de Dios, ha dejado de serlo.

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No es posible el ejercicio de la libertad sin justicia, y no es posible la democracia sin justicia. Decía Francisco de Quevedo, uno de los españoles más ilustres que ha dado la piel de toro: "Donde hay poca Justicia es un peligro tener razón". En la España de hoy no es que no haya Justicia; es todavía peor. La Justicia es cruel, despiadada e implacable con la gente normal y corriente, y en cambio permisiva, comprensiva..., injusta con los fuertes. Y los fuertes hoy no son sólo los ricos, no son los que manejan el capital. Son, fundamentalmente, los que se arriman y cobijan en los partidos políticos.

 

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Todos los que participan en los análisis de la «crisis» y elaboran previsiones sobre su evolución comparten un mismo síndrome: el del fin de la historia. Todo su debate se mueve dentro de los límites del sistema vigente, sin dar posibilidad a buscar la solución fuera de los mismos. Los de derechas proponen un capitalismo aún más salvaje. Y los de izquierdas se conforman con ocultar esa barbarie capitalista bajo la apariencia de un rostro humano conmovido por el sufrimiento de los desamparados.

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Se ha puesto muy de moda, desde hace ya tiempo, eso de la "reconciliación nacional". Casi siempre, los que proponen la reconciliación son los que primero nos han metido un dedo en un ojo. Primero te agredo, te humillo, intento acabar contigo, y después, si no lo consigo, propongo que nos reconciliemos. Es una estrategia que, no me lo negarán, encierra una miseria moral que espanta.