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Anifascistas colocan una pancarta en el monumento a Colón de Madrid en agosto de 2020

 

En 1807 Hegel publicó la Fenomenología del espíritu. Ésta, se divide en tres secciones que marcan la ruta argumental de la obra. La primera tiene por objeto de estudio la conciencia y su validez perceptiva como aparato rector entre el entendimiento y el mundo suprasensible. La segunda, se centra en la autoconciencia, es decir, en la certeza que llega a desarrollar el sujeto sobre sí mismo. Ambas serán el lugar epistemológico desde el que Hegel estudiará los conceptos de razón, espíritu y religión: las tres temáticas que consolidan la última sección de su obra. Esta retahíla explicativa acerca de la Fenomenología no sería necesaria si no fuera por la figura de Alexandre Kojéve, filósofo y político francés de origen ruso, conocido por ser el máximo exponente de la izquierda hegeliana premarxista y acusado por Le Monde de más de treinta años de espionaje soviético. La razón es la siguiente, Kojéve tuvo a bien honrar en las clases que impartía en su universidad a la tradición negroleyendista de esa Francia que él mismo ayudó a integrar en la Unión Europea, intercambiando así los términos hegelianos de “Dominio y Servidumbre” por los de “Amo y esclavo” dando lugar al desarrollo teórico de la lucha de clases.

No es baladí que el alemán tratara estos términos en su segunda sección, la cual es precedida por una relatoría que estudia la relación entre la vida y el deseo, titulada Autonomía y dependencia de la autoconciencia: dominio y servidumbre. En ella Hegel relata, con corte idealista, el cruce de dos individuos que gozan de autoconciencia reconociéndose ambos bajo la misma condición. Esta horizontalidad que genera que los individuos estén -como diría Unamuno- “bajo el mismo yunque” condición propia, por cierto, de la justicia social de los estados corporativistas, causaría según Hegel una problemática respecto a la jerarquía en la que se han de ver englobados ambos seres racionales. La resolución hegeliana, en un movimiento oscilantemente dialéctico es la siguiente: uno de los dos individuos domina al otro en una pugna a muerte mediante la conciencia de dominio y el perdedor pasa así automáticamente a ocupar el puesto de siervo con su respectiva conciencia de servidumbre. Así el triunfo de la conciencia de dominio traerá consigo la falsa ilusión de dominar el mundo al dominar a la servidumbre. Nos encontramos pues ante una paradoja con dos únicas salidas: o dominar o servir; una estructura de la que no se puede salir, algo que la izquierda hegeliana no pudo aceptar y necesitó falsear.

Frente a este problema teórico Kojéve desarrollo la famosa Dialéctica del Amo y el esclavo. Estos dos individuos autoconscientes se encuentran ya en una posición desigual de partida, uno responde, ya de base, al rol de amo y el otro al de esclavo. Cuando el esclavo consiga ser amo, mediante la lucha de clases ejercerá la misma opresión que él padecía cuando era esclavo gozando de su condición de nuevo amo. Nos encontramos así ante una dicotomía, es decir, dos términos que no pueden hacer más que coexistir, uno no puede darse sin el otro, en otras palabras, nos encontramos ante una trampa. Un individuo solamente puede ocupar la categoría de amo si tiene esclavos sobre los que mandar y el esclavo solamente podrá serlo si tiene un amo que le mande. El amo podría convertirse en esclavo, al igual que el esclavo en amo, pero para que se dé esta dialéctica es necesario que los dos sobrevivan y para que siga vivo su idealismo que su injusta opresión se perpetúe sin final. El esclavo quiere ser libre, pero para ser libre tendrá que privar a otros de su libertad. La respuesta a esta dialéctica para la tradición marxista fue la lucha de clases: la mayor trampa de la filosofía política universal. ¿Por qué?, pues porque tiene tesis (injusticia de la opresión del amo sobre el esclavo), antítesis (victoria del esclavo frente al amo mediante la lucha de clases) pero nunca síntesis, es decir, la resolución al problema político que plantea la tesis no es sólo inexistente, sino que es de imposible resolución por la estructura dialéctica en la que se plantea el problema, estructura teórica que representa a escala milimétrica para la tradición marxista, la estructura social de la realidad como si del reflejo de un espejo se tratase.

Nos encontramos ante el eterno retorno de lo injusto, un eterno retorno de amos y esclavos al que el marxismo teórico quiso hacer un lavado de cara defendiendo que la dictadura del proletariado no era mas que un requisito temporal y necesario para llegar al verdadero comunismo. Ese comunismo al que en el fondo nunca quisieron ni querrán llegar, donde todos los obreros tienen garantizado el mismo pan sin necesidad de checas, gulags y piolets. Ese comunismo propio de los necios que creen que la desigualdad se puede paliar con desigualdad y que la injusticia se debe resolver con soluciones injustas en un bucle de eterno revanchismo que, como dijo nuestro César, “no se conforma con derribar la monarquía sino que quiere arrancar de cuajo y volver al revés todos los fundamentos de lo que ahora existe (…) que ha empezado por abolir la Religión, la familia, el pudor y el amor a la patria”[1]. No debemos olvidar que ese revanchismo es el que nos legitima, a los partidarios de los estados corporativistas, a defender la violencia como él único recurso efectivo para poder salir de esa dicotomía marxista basada en la división y el odio que sólo nos podría posicionar en una clase obrera oprimida que no es dueña de su trabajo o una clase social burguesa que ejerce el monopolio de los medios de producción, pero nunca podrá consolidar una “unidad”, palabra en la que según José Antonio “podrían resumirse las aspiraciones del Nuevo Estado”[2].  Y así consiguen que, “los miembros de un mismo pueblo dejen de sentirse de un todo superior de una alta unidad histórica que a todos abraza. El patrio solar se convierte en un mero campo de lucha donde procuran despedazarse dos bandos contendientes, cada uno de los cuales recibe la consigna de una voz sectaria, mientras la voz entrañable de la tierra común que debería llamarlos a todos parece haber enmudecido”[3]. Estas citas demuestran la agudeza de nuestro César, que predijo implacablemente el marxismo cultural que sufrimos hoy en día desde el que se erige la bandera de la posmodernidad. Posmodernidad que ejerce de brazo intelectual-armado del liberalismo económico, aunque en una lucha burda de conciencia infantilizada o, en los mejores casos, adolescente crea combatirlo.

A diferencia del Nacional sindicalismo, dónde consideramos al hombre un portador de valores eternos y por tanto el trabajo un derecho más bien que un deber, siendo el eje que vertebra nuestro sistema económico que garantiza el funcionamiento justo del mismo mediante el sindicalismo, el marxismo clásico consideraba al individuo única y exclusivamente desde la perspectiva económica. Esto conlleva, desde su materialismo economicista, la tenencia necesaria de una concepción del hombre como recurso tecno-económico. Sin embargo -a mi parecer- desde Mayo del 68, las nuevas corrientes marxistas aplican la lectura de sus predecesores en términos socioculturales en vez de económicos. Con esta nueva lectura la dialéctica dicotómica que empezó entre Dominio-Servidumbre y continúo como Amo-Esclavo, se ha resignificado en nuestros días como la Dialéctica entre Opresor-Oprimido. Aunque sin querer dejar atrás su tramposa lucha de clases, se han sumado a su estructura económica nuevos ejes sociales donde la plusvalía ya no es el excedente que conlleva ganancias económicas, sino que pasa a ser la amalgama de privilegios sociales -que según los posmodernos- tienen los términos del binomio dicotómico que están dentro del grupo los opresores y que se oponen al grupo de los oprimidos. Para ello les hace falta una reformulación del Marxismo histórico en la que se lleve a cabo una relectura de la historia universal, pero esta vez no desde la relación del individuo con los medios de producción y los bienes materiales, sino desde su legitimación social en los espacios públicos en los que han existido colectivos minoritarios. Colectivos que según el relato posmoderno no han gozado de los privilegios que les corresponderían ya que sus opresores lo han impedido siendo parte del canon establecido en los que se excluía a los mismos; canon que no es otro que en el que se fundamenta Occidente. La empresa de la posmodernidad sería contar las historias de esos colectivos minoritarios que, premeditadamente, no se han contado en el relato histórico dominante, es decir, en la historia universal, que peca de xenófoba y etnocentrista. Así crean historiografías particulares con los diferentes ejes que van englobando en la dicotomía opresor-oprimido, los cuales trataremos a continuación brevemente haciendo un par de acotaciones al respecto de cada uno.

La más evidente en la actualidad es la dicotomía Hombre-Mujer: Principalmente se da desde el feminismo de tercera y cuarta ola conocido como Feminismo de la diferencia. No sólo defiende la situación de desigualdad de las mujeres frente a los hombres a lo largo de la historia, sino que cuestiona el propio concepto de feminidad, siendo esta una propia construcción machista ya que defiende la separación entre el género y el sexo (entendido como término puramente biológico) revindicando el tercer género o género fluido con autoras como Judith Butler, esto hace que la dicotomía propia del feminismo actual esté intrínsecamente unida a la Heterosexual-LGTBIQ, culpable de la hipersexualización propia de los cursos de ideología de género que prácticamente son inevitables, gracias a nuestro querido Ministerio de Igualdad, en la educación pública de nuestros hijos. A la dicotomía Racializado-No racializado se le ha dado una nueva lectura desde el llamado poscolonialismo. Se legitima la desigualdad racial actual desde una lectura ignorante acerca de los procesos coloniales que se llevaron a cabo por los imperios occidentales donde, curiosamente pero no casualmente, la evangelización de 1492 sale peor parada que los procesos coloniales británicos sobre el continente africano en 1802 o la Norteamérica del XVII. Una vez más la historia absuelve al protestantismo y acusa al catolicismo, quizás tenga que ver con que las categorías históricas que manejamos en la actualidad son las que hemos heredado de historiadores protestantes vinculados a la Reforma Luterana. El poscolonialismo es una postura propia de analfabetos historiográficos ya que, por un lado, es evidencia histórica la crueldad británica perfectamente documentada, y, por otro, lo es también el hecho de que, como dijo José Antonio: “España fue a América (…) para decirles a los indios que todos eran hermanos, lo mismo los blancos que los negros, todos, puesto que siglos antes, en otras tierras lejanas un mártir había derramado su sangre en el sacrificio para que esa sangre estableciera el amor y la hermandad entre los hombre de la tierra”[4]. Frente a esta impostura, es nuestro deber como hispanistas, luchar contra este falseamiento histórico que ejerce la posmodernidad donde defender la empresa de la Nueva España o cualquier forma de imperialismo es sinónimo de racismo.

Los dos binomios dicotómicos restantes quizás a los lectores que anteceden a mi generación les puedan parecer broma, pero por desgracia son líneas teóricas cada vez más extendidas. El binomio Capacitista-No capaticista es el que describe la “opresión” que sufren en los espacios públicos las personas con disfuncionalidades físicas. El último, más que un ataque al antropocentrismo, lo es al humanismo, corriente en la que se basa el mismo. El debate actual en cuanto a éste se divide entre Especistas-Antiespecistas. Los primeros defendemos la primacía del hombre frente a las demás especies y reinos animales siguiendo la teoría de la evolución Darwinista y la cadena trófica que el movimiento vegano rompe. Los segundos son los que defienden el valor por igual de todas las especies a niveles extremos, lo hacen radicalmente, un claro ejemplo de esta radicalidad se puede encontrar en las obras de Peter Singer.

Este filósofo australiano defiende que en una situación en la que tengamos que decantarnos por salvar una vida humana o una vida de un animal, no tendríamos motivos para salvar la vida humana, tachando de antropocentrista al que lo hiciera. Los antiespecistas llevan al extremo el concepto de interseccionalidad, ya que no sólo la exigen como algo necesario entre el resto de las dicotomías, sino que también la defienden como necesaria a niveles biológicos entre la relación de la especie humana y el resto de especies al igual que entre las diferentes especies de los distintos reinos animales. En otras palabras: los humanos tenemos privilegios frente al resto de especies, al igual que las tienen los mamíferos frente a los insectos, por ejemplo. Habría pues que repensar el mundo desde la primacía de otros reinos animales, imposible si no ocupamos el lugar de Dios ya que pensar y pensarse es una cualidad que únicamente les pertenece a los seres racionales, es decir, a los humanos, algo de lo que no son conscientes estas corrientes amigas del irracionalismo. Es totalmente necesario, aunque no podamos ocuparnos de ello en este artículo, pensar las consecuencias que ha tenido esta lectura dicotómica en el sistema jurídico español. Estas consecuencias se pueden ver en la Ley de Violencia de Género, los agravantes por delitos de odio, dónde se estereotipa tanto al acusado como a la victima en función su perfil dependiendo de si sus características forman parte del primer o segundo término del Binomio dicotómico algo que debemos “agradecer” a la marxistización del sistema judicial español.

Si sumamos los primeros términos de todas las dicotomías que hemos narrado llegaremos a la conclusión de que el enemigo a batir es el hombre occidental blanco heterosexual, en otras palabras, Occidente y sus valores. La interseccionalidad, o su forma de garantizar la sociedad multicultural desde premisas teóricas, requiere de un concepto tecno-económico de libertad. Ese concepto de libertad es el de la cosmovisión capitalista, defendida teóricamente desde el marxismo cultural: como dijo nuestro Caudillo de Castilla “¿Es que la vieja caciquearía busca nuevas plataformas?”[5]. Teóricos como Webber han demostrado que la antropología filosófica subyacente al capitalismo comienza con la reforma luterana, siendo el punto de partida de la comprensión que piensa la libertad humana como libertad de libre comercio del mismo, un agente de compra y venta, que tiene la potestad para decidir cuándo venderse y cuando comprar a los demás, ya que son un recurso y actualmente hasta los recursos humanos tienen precio. En otras palabras, el capitalismo entiende al hombre como un recurso tecno-económico sin tener en cuenta su portavocía frente a la eternidad como receptor de valores eternos, utilizándolo como un mero instrumento a favor del capital. Lo podemos ver en el feminismo de tercera y cuarta ola, que defiende el derecho a la prostitución de mujeres burguesas, sin tener en cuenta la trata de blancas. ¿Quizás la sororidad termina donde empiezan nuestras libertades individuales? Ese feminismo que acusa al hombre de su hipersexualización pero que se hipersexualiza aclamando ser dueña de su cuerpo, esa posmodernidad que no reconoce ser receptor de valores eternos teniendo la soberbia de decidir no tener género o ser un género animal diferente. Como dijo Onésimo en 1932: “El nacionalismo no se enreda (…) en la disputa de las clases para conservar la sociedad capitalista”[6], una pena que el marxismo cultural prefiera salir a la calle el 8M para revindicar la injusticia que les supone hacerle la cama a sus maridos, pero no les preocupe, quizás ni se percaten -cómo sí hizo Onésimo hace 88 años-, de que a quien de verdad le hacen la cama es al capitalismo.

                 

Elisa García Grandes.

 

 

[1] PRIMO DE RIVERA, José Antonio. Obras completas. Edición del centenario, Voll. I, “Con Moscú o contra Moscú”, Plataforma 2003, Madrid, 2007. Pág:168.

[2] PRIMO DE RIVERA, José Antonio. Obras completas. Edición del centenario, Voll. I, “Las aspiraciones del Nuevo Estado”, Plataforma 2003, Madrid, 2007. Pág:316.

[3] PRIMO DE RIVERA, José Antonio. Obras completas. Edición del centenario, Voll. I, “Libertad, Igualdad y Fraternidad”, Plataforma 2003, Madrid, 2007. Pág:315.

[4] PRIMO DE RIVERA, José Antonio. Obras completas. Edición del centenario, Voll. I, “Discurso pronunciado en Cáceres”, Plataforma 2003, Madrid, 2007. Pág:462.

[5] REDONDO, Onésimo. Textos de doctrina política, Voll. II, “Comunismo aristocrático” Publicaciones españolas, Madrid, 1995. Pág:34.

[6]  REDONDO, Onésimo. Textos de doctrina política, Voll. II, “Elemento sindicalista del nacionalismo” Publicaciones españolas, Madrid, 1995. Pág: 55-56.