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Categoría: Artículos
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“¡Qué locura tan grande, pobres ciudadanos! ¿Del enemigo pensáis que se ha ido? ¿O creéis que los dánaos pueden hacer regalos sin trampa? ¿Así conocemos a Ulises? O encerrados en esta madera ocultos están los aqueos, o contra nuestras murallas se ha levantado esta máquina para espiar nuestras casas y caer sobre la ciudad desde lo alto, o algún otro engaño se esconde: teucros, no os fieis del caballo. Sea lo que sea, temo a los dánaos incluso ofreciendo presentes”.

 

Eneida, Virgilio, Libro II 

 

A las puertas de la vieja Europa nos dejaron un presente. Nosotros lo acogimos con resignación, con incertidumbre. Pero esa fe ciega en la bondad nativa de los hombres nos entorpeció la vista tornándola miope, y terminamos acogiendo ese reluciente caballo de oro como el más preciado de los tesoros nacionales.

Entonces de las entrañas de la bella criatura salieron los enemigos, comenzó organizarse el caballo; la soberanía económica fue sustituida por la esclavitud del dólar, la prensa de información por la propaganda mentirosa, la libertad por la dictadura financiera, los símbolos nacionales por las doce estrellas (que representan las doce tribus de Israel), nuestra lengua que ha creado las obras cumbres de la literatura occidental por los extranjeros anglicismos.

¿De verdad creísteis que ese regalo nos lo entregaron con buena voluntad? ¿Y a eso le llamamos liberación? ¿Democracia?

Lo mismo acontece en Europa, Alemania no recuerda quién fue en un pasado (más bien no dejan recordarlo). A los austriacos se les niega con prisión permanente el derecho de autodeterminación. A Grecia ¡la eterna Grecia! la bombardean con desmesurada inmigración cuando ni si quiera puede mantener a sus propios ciudadanos, sustituyen a los atenienses y su egregia sangre por africanos que no han oído siquiera hablar de Platón. A la universal Roma con patriotismo constitucional y limitado. A nuestra amada y agónica España, pueblo guerrero donde los haya, con planificadas y estúpidas luchas interiores... Y así con cada una de las patrias que forman nuestra Europa, y que muy pronto dejarán de formarla, pues se fusionan, se mezclan con otras culturas y con otros pueblos que nada tienen que ver con la grandeza de nuestro pasado, con la aportación del genio de nuestras naciones a la historia y saber universal, perdiendo a pasos agigantados nuestra identidad, aniquilándonos en nombre del progreso si no florece de la agonía una solución heroica.

Pero EEUU y ese órgano surgido tras la victoria, llamado falsamente " Unión" europea -pues "destrucción" se le antoja más acorde- nos regalaron la democratización, nos dijeron que era bueno, que el futuro era del progresismo, de la globalización, de la tolerancia (tolerancia con los otros, no para nosotros)

¿Y cómo nosotros, pueblos antiguos, pueblos creadores y rectores aceptamos el discurso de una potencia extranjera y de una aglomeración de patanes enquistados que vino a decirnos cómo debíamos de ser a partir de ahora, como debíamos de pensar, como debíamos de actuar y cuales habían de ser nuestras ambiciones conduciéndonos inexorablemente a la desaparición histórica?

Porque nos ganaron. Ganaron a Europa, centrum mundi, y Europa, triste, débil y enfermiza no pudo más que aceptar la palabrería del gigante estadounidense y el sistema monetario internacional, su concepto de la justicia, de la libertad, de la tolerancia, del trabajo y demás colección invertida de valores sempiternos.

Así, apresurándose los libertadores fusilaron en el 1945, año de la hecatombe, a todos aquellos que haciendo uso del verdadero concepto de libertad expresiva se opusieron al nuevo orden, crearon campos de concentración como Rheinwiesenlager en norteamérica para prisioneros de guerra alemanes, violaron mujeres, asesinaron niños, reorganizaron nuestro territorio a su antojo, prohibieron el trabajo no supervisado por el sistema económico estadounidense, destrozando el corazón de la industria en las potencias europeas, acabando con la propiedad privada tal como la entendíamos hasta entonces. En el nombre de la paz bombardearon con material nuclear a población civil e inocente, bloqueando zonas estratégicas mataron de hambre a más de cinco millones de alemanes desde el verano de 1945, así como aconteció en las praderas del Rhine por el general norteamericano Eisenhower que carga a sus espaldas con el asesinato de un millón de soldados del eje.

 

“¡Maten! ¡Maten! En la raza alemana no hay nada aparte de mal. ¡Acaben con la bestia fascista de una vez para siempre en su guarida! Apliquen fuerza y rompan el orgullo racial de esas mujeres alemanas. Tómenlas como su despojo legal. ¡Maten! Cuando su asalto avance, ¡Maten, ustedes, bravos soldados del ejército Rojo!” Así rezaba el periodista judío Ilya Ehrenburg, los que ahora nos vienen hablando de buenísimo, paz y toda la parafernalia que sigue al acervo de gilipolleces predicadas en Bruselas.

Y todo ello lo hicieron bajo el beneplácito de la carta de Londres, que solo contaban como crimen aquello engendrado por obra de un demonio, de un fascista, de alguien contrario a la imposición del dominio yankee.

"Los fascistas no tienen derecho para considerarse víctimas." Pregonaba el partisano Ermanno Gorrieri

E ahí la ópera prima, invertir los valores que antes eran categorías permanentes de la razón, luego, después de culminar la masacre (sangrienta) ya solo quedaba la tarea fácil. A unos pueblos tornados pobres y hambrientos, confusos y cansados, poco les iba a importar la dominación del yugo capitalista. Y comenzaron a reptar como víboras por nuestras instituciones, a elegir ellos tras un complejo proceso selectivo nuestros presidentes, a comprar los partidos permitidos constitucionalmente -¡permitidos por el nuevo Dios; el zafio conjunto de artículos redactados como réquiems!-, comprar la prensa, los medios de comunicación, la banca y sistemas monetarios, a bombardearnos con ideologías pestilentes engendradas en las cabezas de los más satánicos pensadores, a decir a nuestras mujeres que el hombre es su enemigo, que aborten mientras cubren el problema de la baja natalidad con inmigrantes masivos que suplanten nuestras razas y costumbres, porque esos nuevos europeos que vienen a instalarse de cabeza en el sistema social no son europeos, pero ¡qué importa eso si las razas ya no existen como tampoco existen las fronteras ni las milenarias tradiciones! A enfrentar a empresarios y obreros, a empobrecer nuestros campesinos mientras crecen las rentas de los eurodiputados como amapolas en primavera, a negarnos todo derecho a la autodeterminación, a la verdadera democracia que es el gobierno para el pueblo, a negarnos en definitiva nuestra patria, nuestro espíritu.

Jóvenes europeos; no os fieis del caballo, no os dejéis engañar, nada debemos a Estados Unidos, nada nos une a Bruselas. Nuestro camino es otro. Nuestra lucha es diferente. Nuestro siglo nos obliga a estar cuadrados, alerta, vigilantes. Nos obliga a entregarnos enteramente a la más noble de más empresas; lograr un pueblo sano que construya una patria fuerte. No vale ya el conformismo, el abatimiento. Europa nos llama a la lucha, y lucharemos con amor, el único capaz de conquistarlo todo. ¡Jóvenes!; a librar esta batalla nos obliga la sangre de los que nos precedieron en la lucha contra el monstruoso avance de los "libertadores".

 

¡Europeos en pie!

 

¡No parar hasta conquistar!

 

Isabel Medina