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Categoría: Artículos
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La España surgida del régimen del 78 ha visto crecer en sus entrañas un fenómeno extraño: las asociaciones de víctimas del terrorismo. En un mundo ideal no deberían tener sentido. Sin embargo, hubo que crearlas. Las asociaciones de víctimas del terrorismo son la punta de lanza que recuerda al Estado que es subsidiario de los crímenes que causa el terrorismo, sea el que sea.

 

El Estado, que ha de velar por la seguridad de sus ciudadanos, falla cuando se produce un atentado, no cumple con la misión de garantizar el orden en las calles. La realidad palpable de su error son familias destrozadas, mutilados, vidas truncadas, sumidas en una tristeza insoportable para siempre. Ni siquiera hablar con las personas que forman esos colectivos puede darnos una ligera idea de lo que supone su día a día. Su silencio y su tristeza se nos hacen insoportables y, antes o después, tendemos a olvidar, a recobrar la alegría, a felicitarnos porque en la lotería de los coches bomba o los tiros en la nuca no haya salido nuestro número.

 
Nos imponen un respeto sepulcral, el mismo que nos hace comentar por lo bajo con el tipo de al lado: "Es fulano. A su padre le pegó un tiro ETA. Pobre". Es ese respeto que se torna conmiseración. Es el respeto que se le tiene a la lepra.
Pronto, ese respeto lo olieron los buitres de la política y supieron manejarlo. Acercarse a las víctimas, ganarse sus simpatías, era la palmadita en el hombro que necesitaban sus políticas antiterroristas. La presencia de sus líderes en manifestaciones, congresos y actos públicos era la baza moral que se jugaba cuando la ética no llevaba buenas cartas. Estaba claro: había que controlarlas. Había que deshacerse de las personas incómodas, de las que ponían pegas a ser tachadas de izquierdas o de derechas, a apoyar abiertamente a un partido o a otro y, en su lugar, había que colocar gentes sumisas, sin importar si eran o no víctimas del terrorismo, personas que, ante la ignominia de la negociación con los terroristas, del acercamiento de sus presos o de la excarcelación de los asesinos, contasen al pueblo que, tras fotogénicas reuniones en La Moncloa, habían visto la luz y habían decidido dar un voto de confianza al mandatario. Porque el mandatario era bueno.
 
Esta ha sido la gran traición a las víctimas de los que confunden el Estado con el Gobierno: convertirlas en comparsa de fiestas políticas. Como toda traición, urdida desde dentro.
 
Salir a la calle contra el Gobierno de Rajoy después de haberse entregado dulcemente en sus brazos no favorece a las víctimas porque no se hace por ellas. Salir a la calle gritando "no más traiciones" es tan ambiguo como impreciso. ¿Qué se ha traicionado, Ángeles Pedraza, que no se hubiese traicionado hasta la saciedad antes?

Manifiesto de VCT desligándose de la manifestación convocada por la AVT