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Preámbulo

1.- Las J. O. N. S. Gutiérrez Palma. Las C. O. N. S.

2.- Gerardo Salvador Merino. El Estado Totalitario Sindical.

3.- José Antonio Girón de Velasco. Posibilismo en el Régimen.

4.- El tema social en la Falange del 2003.

 

Hablar del tema social en la Falange es hablar de uno de los principales pilares sobre los que se levanta la ideología nacional-sindicalista, una ideología que aspira a la convivencia apacible dentro de un sistema donde impere una auténtica Justicia Social. La dignidad del hombre, la grandeza que el mismo adquiere por la dignificación mediante el trabajo, es algo totalmente indispensable para alcanzar la plena libertad del individuo. Y la Justicia Social, esa Justicia Social con mayúsculas que han reclamado los nacional-sindicalistas a lo largo de sus más de setenta años de historia, solo se habrá conseguido cuando los hombres alcancen esa grandeza aupados por la dignidad que el trabajo les confiere y por el saber y el conocimiento que verdaderamente les haga libres.

El presente trabajo pretende clarificar esos conceptos que lo social ha tenido a lo largo de la andadura de este movimiento, desde sus inicios hasta nuestros días, desde los difíciles y convulsos tiempos fundacionales, hasta el cerco de silencio que dificulta la expansión de nuestra doctrina en estos días también difíciles, pasando por aquella época donde, tras tres años de cruenta guerra civil, y tras los duros avatares de la primera posguerra, el concepto de lo social en la Falange se aupó, desde los Ministerios de Vivienda, Industria, Agricultura y, fundamentalmente Trabajo, a la cima desde la que legislar socialmente tal como se había previsto en su ideario, para unos, o tal como se pudo debido a la situación en la que vivía nuestra nación hasta casi la llegada de la década de los sesenta, para los otros.

Estableceremos para ello, en la primera parte, una triple división, aunque la frase suene tan contraria, por combatido el término, a José Antonio, y que será estrictamente temporal ciñéndonos a tres periodos concretos: el primero, prácticamente desde el nacimiento de la Conquista del Estado hasta las elecciones de febrero de 1936 donde la República pierde su legitimidad como Estado de Derecho; el segundo, la etapa comprendida entre 1939 y 1941, cuando tras la finalización de la Guerra Civil se plantea una ruptura total que sirva de cauce para una verdadera Revolución y transformación del Estado y el tercero, desde 1941 a 1957, donde se puede aplicar la ideología social falangista, dentro de un posibilismo aceptado, plasmándose en las Leyes que serán la base del Estado en estos temas hasta 1978. Finalmente, en la segunda parte del trabajo, y a modo de epílogo, se tratará el periodo desde esta fecha hasta nuestros días comparando la situación actual con lo que el nacional-sindicalismo preconiza o, al menos, pretende denunciar en estos momentos.

1.- SINDICATOS Y AGITADORES NACIONAL-SINDICALISTAS. Gutiérrez Palma.

"Así muchos de nosotros, que desde nuestra primera hora revolucionaria trabajamos junto a la bandera roja de los sin patria, llegó un momento que vimos con claridad que nuevos soles comenzaban a alumbrar a la Patria del Pan y de la Justicia, eclipsando a la luz mortecina de las estrellas de cinco puntas, que a lo sumo nos enseñaban minúsculas raciones de rancho cuartelero, sin familia y sin tierra. Así nacimos al Imperio los primeros obreros nacional-sindicalistas, entre estrellas sin rumbo, tristes y decadentes y soles nuevos de Patria, Pan y Justicia."

He querido, con estas palabras de Emilio Gutiérrez Palma, centrar la conferencia con un alegato contra la falacia, repetida como cansina letanía dentro del sistema político actual, y que pretende confundir al ciudadano confiriendo a la Falange, en sus orígenes, el status de grupo de señoritos, guardias de la porra y pistoleros que defendieron, haciendo el trabajo sucio, los intereses de la derecha monárquica y reaccionaria que representaba Gil Robles en el Parlamento de la II República. El movimiento nacional-sindicalista nace y triunfa con el liderazgo personal y político de José Antonio, con las aportaciones ideológicas y estéticas de Ramiro, con la lucha incansable y los ribetes tradicionales y católicos de Onésimo, la estrategia, el arrojo y el valor de Ruiz de Alda, la intelectualidad de Sánchez Mazas, Ridruejo, Foxá o Alfaro y la entrega disciplinada de obreros como Gutiérrez Palma, Manuel Mateo, Sotomayor o Moldes. Obreros que escuchan y comprenden a José Antonio cuando les dice que no se puede hablar de Patria a un pueblo que no tiene el Pan y no conoce la Justicia. Obreros que para alcanzar la Patria lucharán codo con codo junto a sus líderes, sus estrategas, sus ideólogos y sus intelectuales para conquistar el Pan y la Justicia.

Los primeros pasos sindicales, en los tiempos del primer bienio de la II República, deben darse obligados por la propia dinámica del sistema político imperante. Los sindicatos marxistas copaban la afiliación de los trabajadores de la joven República y eran la U. G. T. y la C. N. T. quienes aplicaban una unidad y disciplina sindical impidiendo incluso trabajar a quien no se encontraba en posesión de un carné sindical, preferentemente, por supuesto, de una de las dos citadas organizaciones. Contra esta dictadura sindical habían surgido, alentados por obreros considerados no internacionalistas, unos grupos de oposición perfectamente disciplinados y que, actuando con el mayor secretismo, flagelaban con su acción demoledora la unidad y disciplina sindical de la que hablábamos antes. Cuando estos grupos oposicionistas entienden que si su labor destructora fuera acompañada de una eficaz tarea constructiva sus frutos serían mayores, surge la necesidad de crear un sindicato propio. Y aquí, la labor de captación de unos jóvenes obreros nacional-sindicalistas vallisoletanos, les arrastra a la formación de un nuevo sindicato que nace a finales de diciembre de 1932, antes del propio nacimiento de Falange Española, y que se llamarán Sindicatos Nacional-Sindicalistas Autónomos e Independientes.

En menos de un mes se logró la aprobación gubernativa de los estatutos, las instancias, cuadros de mando y gente suficiente para montar los sindicatos de mecánicos y conductores de automóviles y similares; industria hostelera y similares y se dieron los primeros pasos para la creación de una Federación Sindical Agraria. Todo ello en Valladolid solamente puesto que en Madrid, el otro foco de relativa importancia en el incipiente nacional-sindicalismo creado bajo la influencia de Ramiro Ledesma, la actividad sindical poco o casi nada había logrado. En un periodo de seis meses, la provincia castellana contaba con diecisiete sindicatos creados y algo más de 3.000 afiliados.

El siguiente paso se dará en marzo de 1934, tras la fusión de Falange Española con las J. O. N. S., cuando el Triunvirato Nacional formado por José Antonio, Ramiro y Ruiz de Alda ordene a Sotomayor y a Camilo Olsina la creación de un sindicato propio, tarea a la que se unen un anarquista, Moldes, un ex comunista, Mateo y un sindicalista católico, Medina. Juntos, la primera decisión que toman, y así lo comunican al Triunvirato Nacional, es la colocación de todos los obreros en paro forzoso que había en Madrid y que se calculaban en unos 100.000. Para ello, el modo de trabajo consistió en hacer un llamamiento a los parados donde se les proporcionaría un volante para trabajar en un sector que, como hoy, parece de los que más pingüe beneficio proporciona: las obras en construcción. El éxito de la convocatoria realizada por la Falange topó con la violencia de los sindicatos marxistas, causando incluso un falangista muerto en las obras de Nuevos Ministerios y con la cobardía de muchos patronos, que ante las amenazas, optaron por ordenar a sus encargados no admitir ningún obrero de la Falange.

Y para colmo de estas incongruencias, cuando los obreros de Falange no habían logrado trabajar más de un día sin ser despedidos, la revolución de Octubre paraliza el país a causa de la huelga general convocada en su apoyo por las izquierdas y, la patronal e, incluso el Gobierno de la CEDA, solicitan trabajadores para atender tanto trabajos privados como servicios públicos. Prensa, Tranvías, Correos, Limpieza, Funerarias, etc.. son los trabajos que, bajo las amenazas y las balas marxistas desempeñan los trabajadores falangistas, sufriendo varios asesinatos a causa de ello. Finalizada la huelga, estos son despedidos para que ocupen sus puestos de trabajo los huelguistas de Octubre. Una vez más, el miedo y la intransigencia de los patronos, les hicieron sordos a las reclamaciones hechas por la Falange y devolvieron el trabajo a quienes, en su mayoría, les iban a pasear posteriormente en el trágico mes de julio de 1936. A pesar de ello, y gracias a la resonancia de estas actuaciones, en Madrid, y con anterioridad a la redacción de los 27 puntos doctrinales de FE de las JONS, se crea la Central Obrera Nacional Sindicalista ( C. O. N-S ) que, muy pronto, se extenderá a Zaragoza, Asturias, Burgos, Sevilla, Valencia y absorberá a los vallisoletanos Sindicatos Nacional-Sindicalistas Autónomos e Independientes que veíamos antes. Comercio, Transportes, Artes Gráficas, Industria Hostelera y Similares, Ferroviario, Construcción, Banca y Oficina, Oficios Varios consiguen, en un breve espacio de tiempo, aglutinar 23.000 afiliados solo en la capital de España.

La incipiente actividad sindical de las C. O. N-S se verá truncada, al igual que la legalidad que dotaba como Estado de Derecho a la II República, tras las elecciones celebradas el 16 de febrero de 1936. Los centros de las C. O. N-S, al igual que los de la Falange fueron clausurados y los dirigentes sindicales como Inglés, Rocatallada, Pardina, Candial, Ayerdi, Luna, Abrain y Soria encarcelados por orden gubernativa. La etapa de clandestinidad vivida entre febrero y julio de 1936 se presta más a episodios épicos que a lo que pudiéramos entender por una actividad sindical real y, la fecha del 18 de Julio, provocará también entre los obreros falangistas el goteo de muertos y heridos que caracterizó a la organización en sus inicios. Tras tres años de guerra, el 1 de abril de 1939 se acometerá la tarea de reconstruir una nación devastada tras los avatares políticos vividos durante los ocho años anteriores. Ahora, la conquista de la Justicia Social no debería afrontarse desde la lucha contra un sistema político injusto, contra unos patronos miedosos y amenazados ni contra unos sindicatos vendidos a las internacionales marxistas y a los sueños imperialistas del bolchevismo. Había llegado el momento de implantar la Justicia Social desde los cimientos de un Nuevo Estado que, el falangismo, había contribuido a traer y proceder a edificar sobre las bases de la ruina que habían dejado la Restauración y la II República.

2.- APORTES. HACIA EL ESTADO SINDICAL. Salvador Merino.

El Nuevo Estado surgido tras la contienda civil nacía, principalmente, de la prodigiosa mente de Ramón Serrano Suñer, cuñado del Generalísimo Franco quien, por su parte y desde 1937, ostentaba el cargo de Jefe Nacional de Falange Española Tradicionalista y de las J. O. N. S., Partido Único, embrión de lo que posteriormente sería conocido como Movimiento Nacional, y donde se había diluido parte del ideario falangista aunque se garantizaban sus formas estéticas y propagandísticas tal y como habían sido diseñadas por sus fundadores en los primeros años de la década de los 30.

Al hilo de las modas imperantes en las grandes potencias europeas, principalmente Italia y Alemania, aliados del bando nacional durante la Guerra Civil, el nuevo Estado nace con el propósito de convertirse en un Estado Totalitario, consideración asumida por el ala más radical de la Falange que abraza esas consignas totalitaristas como genuinamente revolucionarias. La situación de la Falange se encuentra marcada por el asesinato de sus principales dirigentes y el encarcelamiento en zona roja de gran parte de sus cuadros de mandos. Los sucesos de Salamanca en abril de 1937 acaban marcando la vida política del todavía joven movimiento y el objetivo primordial, una vez producida la unificación con los tradicionalistas, se centra en ganar la guerra. Al igual que sucede con el partido, las C. O. N-S se extienden con rapidez por todo el territorio bajo el control de los aún denominados rebeldes, pero adolecen de una concreción ideológica del sindicalismo, no solo para aclarar los objetivos inmediatos sino, especialmente, para paliar las suspicacias y recelos que las consignas de las originarias J. O. N. S., sobre todo, despertaban en los sectores más conservadores en los que se había apoyado el Ejército el 18 de Julio.

No obstante, tras el Decreto de Unificación se decide confiar a los falangistas la misión de crear una organización sindical que supliera a los sindicatos y asociaciones profesionales prohibidas y que existieron durante el Régimen anterior. Las dificultades de llegar a un acuerdo en este campo debido a las divergencias entre conservadores, monárquicos, carlistas y nacional-sindicalistas aumentaban al considerar qué grado de subordinación debería tener esta Organización Sindical respecto al Gobierno y al Partido Único surgido en abril de 1937. Por otro lado, los sectores más reaccionarios de los sublevados recelaban sobre el papel que mantendrían en la dirección de la economía nacional y que, como veremos a continuación, será determinante en el desarrollo de los acontecimientos.

En el primer Gobierno de Franco, en enero de 1938, la recién creada cartera de Organización y Acción Sindical queda en manos de Pedro González Bueno, falangista muy en la órbita del todopoderoso Serrano Suñer quien va a asumir la tarea de imponer unidad y orden en la actuación de las asociaciones y organizaciones sindicales de carácter económico. El Fuero del Trabajo, legislado bajo clara inspiración de la Carta del Lavoro italiana, y la integración de la mayoría de los sindicatos en la estructura gubernamental no fueron suficiente aval para contrarrestar la resistencia que opusieron los sindicatos católicos, agrarios y carlistas que aún subsistían para someterse a la jerarquía falangista. Además, la presión de los empresarios obligó hasta reelaborar, por tres veces, el Proyecto de Ley de Bases de la Organización Nacional-Sindicalista para, tras no ser aprobado por el Consejo de Ministros, provocar la desaparición del Ministerio en agosto de 1939 y distribuir sus competencias entre el Ministerio de Trabajo y la Delegación Nacional de Sindicatos, organismo dependiente del Partido Único.

El Partido Único estaba controlado, desde la Presidencia de la Junta Política, por el hombre fuerte del Régimen, Serrano Suñer quien, con las facultades que este poder le confería, decidió asignar nuevamente los sindicatos al Partido eligiendo para ello, nombrándole Delegado Nacional de Sindicatos, a Gerardo Salvador Merino, joven notario vallisoletano y que se había destacado en el frente después de ocupar la Jefatura Provincial del partido en La Coruña y de donde había sido destituido por sus veleidades sindicalistas, que eran consideradas excesivas por un sector de los alzados. Era el mes de septiembre de 1939 y, su cargo, dependía exclusivamente del Vicesecretario General, Pedro Gamero del Castillo y del Secretario General de FET y de las JONS, General Agustín Muñoz Grandes. Salvador Merino se rodeó de gentes de su confianza, entre los que se hallaban relevantes camisas viejas, sin que, en un principio, nada hiciese presagiar la radicalización posterior y la deriva totalitaria en la que desembocaría este proyecto. La reestructuración fue total hasta llegar a la Ley de Unidad Sindical de 1940 en la que se aseguraba el predominio de los Sindicatos frente a las aún existentes asociaciones profesionales y empresariales que quedaban fuera y que acabarían integrándose en los mismos.

En octubre de 1940, Salvador Merino afirmaba que "ha de advertirse que, dentro de muy pocos días, los Sindicatos Nacionales tendrán de hecho y por derecho atribuciones de enorme trascendencia y responsabilidad respecto a la ordenación económica nacional, con vistas a una unidad, siquiera de instrumentación, de la política económica del Estado." En diciembre de ese mismo año se promulga la Ley de Bases de la Organización Sindical que, pese a no corresponder en su totalidad con los proyectos y propuestas presentadas desde la Delegación, fue saludada con alborozo por las jerarquías sindicales. En este sentido, el Delegado Provincial de Barcelona, Pío Miguel Izurzun, que controlaba una provincia con más de medio millón de afiliados, declaraba que "la Ley termina con la libertad de los jerarcas irresponsables del capitalismo, anula las fuerzas ocultas y mágicas del poderío financiero. En una palabra, comienza solemnemente la verdadera Revolución Nacional contra toda una serie de siglos de orden antiespañol y anticatólico, de orden judaico, capitalista y marxista."

Como podemos ver, el discurso sindical se radicaliza con un claro y concreto objetivo: la implantación del Estado Sindical Totalitario. Aunque las últimas frases de Pío Miguel Izurzun puedan parecer estar inspiradas casi totalmente en el ideario de Onésimo Redondo, el auténtico mentor y responsable de ellas era el líder del proyecto y que no era otro que el propio Gerardo Salvador Merino. Su nombramiento, directamente por Serrano Suñer, era a primera vista políticamente intrascendente, destinado a ser un mero funcionario de segunda fila, pero la radicalización en que desembocó el proyecto no era nueva en el joven notario castellano. Tras ser nombrado por Hedilla Jefe Provincial de La Coruña en 1937, Salvador Merino se adscribe al grupo más radical de la Falange, aquellos cuya idea era que urgía contrapesar en la organización la importancia de la masa derechista asimilada a lo largo de la guerra. Por eso, con estos inicios en el grupo que ideologizaba Dionisio Ridruejo no es de extrañar que, en el boletín que publicaba la Delegación Provincial de Barcelona se pudiesen leer en julio de 1940 cosas como "encuadrados en nuestros Sindicatos existen una gran cantidad de empresas y de productores que no se encuentran en su sitio. Que están con nosotros por las circunstancias a disgusto. Su incorporación a nuestros Sindicatos ha sido su mal menor. Expresado en dos palabras: están incómodos. Denotan su casta judía y caciquil, siguen haciendo política cobarde y destructora y quieren hacer cundir en otros la desanimación; pero no saben cuan lejos están de esto."

Cada vez más, la Delegación Nacional de Sindicatos asume su papel de "refugio o reducto último de nacional-sindicalistas" como la definió Germán Álvarez de Sotomayor en el I Congreso Sindical celebrado en noviembre de 1940. Se consideraba que el Régimen nacido del 18 de Julio no era el suyo y reclamaban más poder para la Falange, un papel rector para la Organización Sindical en la economía nacional a través de los Sindicatos Nacionales. Realmente, el poder jerárquico de Salvador Merino crecía debido a la autonomía con la que se movía, en parte porque a Serrano Suñer le interesaba para sus fines de control del Estado, en parte porque la Secretaría General de FET y de las JONS se encontraba vacante tras su abandono por Muñoz Grandes y, entre sus dirigentes, existía una clara falta de liderazgo. La ambición del Delegado Nacional de Sindicatos no tenía freno por lo que Serrano Suñer le ofreció la cartera de Trabajo al objeto de poder controlar, desde el Gobierno, la ya poderosa Organización Sindical que, recordemos, pertenecía al Partido Único, pero Salvador Merino se descolgó pidiendo la Secretaría General del Movimiento y el Ministerio de Gobernación, ministerio que, en aquel momento, compartía Serrano junto con el de Asuntos Exteriores.

Conocedor del órdago perdido ante el cuñado de Franco, el Delegado Nacional de Sindicatos se acerca, en un primer paso, hasta los falangistas más radicales, como el coronel Rodríguez Tarduchy o Patricio González de Canales, descontentos con el Régimen y que intentaron, incluso, acercarle a sus planes conspiracionistas. No dispuesto a embarcarse en ese tipo de aventuras, en un segundo paso, intentó granjearse el apoyo de los camisas viejas más reconocidos como Pilar y Miguel Primo de Rivera, Mercedes Sanz Bachiller o Martínez de Bedoya, pero estos, como veremos más adelante, ya estaban amoldados al Movimiento y eran fieles al Caudillo. La suerte política de Salvador Merino estaba echada y era cuestión de tiempo que el Jefe del Estado le defenestrase junto a la estructura creada en su Delegación. Consentirle el discurso radical con vistas a dominar los sectores proletarios, vale, pero pretender tomar el control de los medios económicos y alcanzar la cúpula del poder era demasiado. Para ello, y como primer paso, el nombramiento como Secretario General del Movimiento de otro camisa vieja y familiar de José Antonio como era José Luis de Arrese tenía como misión reorganizar las filas del Partido y desactivar cualquier veleidad radical.

Salvador Merino regresa de un viaje a Alemania y afronta, con idéntico discurso al que mantenía desde 1937, el II Consejo Sindical ya con la presencia del nuevo Secretario General del Partido y bajo la atenta mirada de Serrano Suñer. Como último rasgo de su arrojo, en su alocución al Caudillo para ofrecerle los resultados del Consejo y utilizando un tono que en nada parecía presagiar que el Delegado supiese que fuera a ser cesado en pocas semanas, se atrevió a exigir más poderes para sus Sindicatos y su aplicación con inmediata fuerza coactiva para toda la Nación española y que se dictase la inmediata y solemne proclamación de la más terminante unidad política en el campo español bajo el mando de la Organización Sindical. El 7 de Julio se casa en Barcelona partiendo de luna de miel a Baleares. El Consejo de Ministros, donde Girón ya ha tomado posesión como Ministro de Trabajo, acuerda por unanimidad su destitución inmediata por su pertenencia a la masonería y a círculos socialistas durante la II República a la vez que, junto a sus más inmediatos colaboradores, se les expulsa de FET y de las JONS. Manuel Valdés Larrañaga es nombrado Delegado provisional y acometerá la tarea de depurar la Organización Sindical de Merino.

3.- Ministro de Trabajo (1941-1957). Leyes:

Seguro de Enfermedad (1942)

Plus de Cargas Familiares (1946)

Instituto de Medicina e Higiene y Seguridad del Trabajo (1944)

Subsidio de Invalidez (1947)

Jurados de Empresa (1947)

Universidades Laborales (1950)

SI LA MEMORIA NO ME FALLA (págs. 75 a 89).

Y, ahora, debemos volver unos meses atrás en la Historia para ver como se desenvolvía, paralelamente, la construcción del entramado que sustituyera al montado por la Delegación Nacional de Sindicatos. La sustitución de un falangismo revolucionario hasta sus últimas consecuencias por una política social, sindicalista, pero dentro de unos límites aceptados por las diversas tendencias que se unieron en Julio de 1936 contra el gobierno del Frente Popular. Como podemos imaginar, la situación en mayo de 1941 era de bastante inquietud en medios falangistas ante el empuje arrollador que la Organización Sindical estaba realizando y al dificultad que, sobradamente, se preveía iba a encontrarse esa valiente andadura. La dimisión del entonces Gobernador y Jefe Provincial de Madrid, Miguel Primo de Rivera, arrastró consigo la de otros cargos falangistas. Los Delegados Nacionales parecían encontrarse en una especie de extraña huelga que podía catalogarse como estado de pre dimisión e, incluso, Pilar Primo de Rivera había firmado, aunque sin fecha, la suya propia que había entregado al todopoderoso Serrano Suñer. Tal y como acabamos de reseñar, la reciente llegada del Delegado Nacional de Sindicatos, Gerardo Salvador Merino, procedente de la Alemania nazi, había provocado una extraña situación cuando, anterior al II Consejo Sindical, y en una cena ante unas cuarenta personas, alabó sutilmente la organización del Estado alemán, canto que no era compartido al completo por los falangistas, al no poder aceptar, por el propio entendimiento de la vida y de la idiosincrasia nacional-sindicalista, determinadas cosas del régimen nazi. No obstante, las luchas entre los falangistas más radicales y los amoldados al Movimiento fueron la causa del cambio que se preveía independientemente que, como ya hemos señalado, acusaciones de filonazi, masón o socialista fuesen las excusas en las defenestraciones políticas.

El día 16 de ese mes, el propio Serrano Suñer comunica confidencialmente a Girón la existencia de una crisis de gobierno y que, en la remodelación prevista, la cartera de Trabajo caería en manos de Jesús Rivero Meneses o del propio Girón. Los desorientados falangistas, la mayoría de ellos en unos tiempos tan complicados, acrecentaron su confusión al leer un artículo de Antonio Tovar, hombre de Serrano, y que, publicado en Arriba, apuntaba una peligrosa influencia del Partido Nacional Socialista o, lo que era peor, del propio Gobierno de Adolf Hitler en el entorno falangista más cercano al cuñado de Franco. Y todo esto apenas dos meses antes que el propio Serrano, acompañado por Salvador Merino, pronunciase el famoso ¡Rusia es culpable! que acabaría con los sueños e, incluso, con las vidas de muchos de los falangistas que creían que el Régimen del 18 de Julio no era estrictamente depositario del ideario nacional-sindicalista primigenio. Posteriormente, se puede comprobar como aquellos artículos, tenían como finalidad acabar con el peligroso grado de poder que estaba alcanzando la Organización Sindical. Realmente, el objetivo de Estado Sindical Totalitario pergeñado por Salvador Merino se encontraba muy en la órbita del Estado Totalitario que había diseñado Serrano Suñer. Este le sobreviviría políticamente un año escaso y ambos caerían en un ostracismo político que les acompañaría hasta el final de sus vidas.

Fue este enrarecimiento, causado por las luchas internas y promovido o amparado por círculos políticos cercanos al Caudillo, entre los que ya no se encontraba su cuñado, el que provocó que Franco llamase a José Luis de Arrese y a Miguel Primo de Rivera para explicarles y convencerles que él no era enemigo de la Falange diseñada por José Antonio. El Caudillo sabía que hablaba para unos falangistas sinceros, más católicos que socialistas, más racionalistas que hegelianos y, sobre todo, más españoles que ninguna otra cosa. Así, tras esta conversación, de la crisis sale un nuevo Gobierno donde los falangistas de la vieja guardia conseguirían puestos claves en el mismo. Arrese, como ya hemos visto y con qué misión, ocupó la Secretaría General del Movimiento; Girón fue nombrado ministro de Trabajo desde donde crearía una formidable y renovada estructura para las difíciles relaciones entre empresarios y obreros y Miguel Primo de Rivera fue nombrado titular de la cartera de Agricultura. El hecho de que sustituyese a Larraz Benjumea, hermano del conde de Guadalhorce y representante de la derecha más reaccionaria en el anterior Gobierno, hizo albergar en los falangistas la esperanza que acometiese una Reforma Agraria de acorde a lo planteado en los 27 puntos iniciales. Pero dichas expectativas no se cumplieron en la misma medida que Girón sí satisfizo los deseos franco-falangistas de aplicar el nacional-sindicalismo e intentar borrar esa idea de revolución pendiente que aún planea sobre quienes nos consideramos falangistas en 2003. Su éxito, el de Girón, quizás, estuvo en plantear una línea política del tipo que hoy denominaríamos populista sin pretender, y tal vez como hubiera correspondido desde un sentido estrictamente revolucionario, el cambio de la estructura del Estado en todos sus aspectos, tanto sociales como económicos.

Así las cosas, el día 19 de mayo se publica el nombramiento de Girón como Ministro de Trabajo. Con veintinueve escasos años, la posesión de ministerio ante la madurez de los altos cargos del departamento no podía despertar, en estos, sino una cierta ironía no carente de despecho. No podía parecer lógico que el desembarco de alguien que se había caracterizado por la lucha directa, en la calle durante la II República y en las trincheras mientras la guerra, desconocedor incluso de los organigramas del entramado administrativo, alterase la labor cansina de quienes poseían brillantes historiales administrativos. Pero el joven ministro no estaba dispuesto a amilanarse y se presentó dispuesto a desarrollar sus ideas doctrinales con la certidumbre, según sus propias palabras, de que los españoles llevaban más de cien años esperando la hora de una auténtica Justicia Social. Sabía que podía cesarles en su función política pero no en su función administrativa puesto que, con el absoluto desconocimiento del funcionamiento burocrático y la escasez de cuadros falangistas capaces de acometer esa tarea, la situación se hubiese tornado en un auténtico caos. No obstante, la confirmación en sus cargos llevaba la implícita amenaza de destitución en el caso de que alguien se desviase de los propósitos falangistas de Girón en la política del Ministerio. Aunque quizás también fuese esta concesión una de las principales trabas para que el nacional-sindicalismo no alcanzase aún cotas más altas en el Régimen de Franco. Tras el cese de Salvador Merino, Girón de Velasco personificaría la imagen de la política social falangista en el Régimen de Franco.

Y ese ideario se basaba en que Falange Española, desde sus orígenes, fue, según declaraciones del propio Girón, algo más que una alegre, bulliciosa y heroica tropa juvenil que, únicamente, seguía a un líder y una bandera. Desde la Conquista del Estado y las primigenias J. O. N. S. , el nacional-sindicalismo había irrumpido en la vida política con el ánimo de romper el círculo vicioso en que venía debatiéndose la vida de los hombres a lo largo de la Historia. El liberalismo económico y las teorías de aquel hombre nefasto llamado Juan Jacobo Rousseau, junto con otras criaturas engendradoras de la Revolución Francesa, habían obtenido una amplia cosecha de retórica formalista junto al atractivo espejismo de la libertad y de la igualdad. Pero dichos conceptos no sirven para nada si el ser humano no puede aspirar a ellos en idénticas condiciones con los demás.

Para Girón, las palabras de José Antonio en el discurso de la Comedia se convierten en dogma político. El Jefe había dicho que "El Estado liberal vino a depararnos la esclavitud económica porque, a los obreros, con trágico sarcasmo, se les decía: sois libres de trabajar lo que queráis; nadie puede compeleros a que aceptéis unas u otras condiciones; ahora bien, como nosotros somos los ricos, os ofrecemos las condiciones que nos parecen; vosotros, ciudadanos libres, si no queréis no estáis obligados a aceptarlas; pero vosotros, ciudadanos pobres, si no aceptáis las condiciones que nosotros os impongamos, moriréis de hambre, rodeados de la máxima dignidad liberal. Por eso veríais cómo en los países donde se ha llegado a tener parlamentos más brillantes en instituciones democráticas más finas, no teníais más que separaros unos cientos de metros de los barrios lujosos, para encontraros con tugurios infectos donde vivían hacinados los obreros y sus familias, en un límite de decoro casi infrahumano (...) Por eso tuvo que nacer, y fue justo su nacimiento, el socialismo. Los obreros tuvieron que defenderse contra aquel sistema, que solo les daba promesas de derechos, pero que no se cuidaba de proporcionarles una vida justa. El socialismo, que fue una reacción legítima contra aquella esclavitud liberal, vino a descarriarse, porque dio, primero en la interpretación materialista de la vida y de la historia; segundo, en un sentido de represalia; tercero, en una proclamación del dogma de la lucha de clases."

El nacional-sindicalismo, el ideario doctrinal falangista que Girón pretendía llevar a cabo en la sociedad española desde su puesto de Ministro de Trabajo era la implantación de un sistema de Justicia Social donde el obrero no fuese ese instrumento del capital como medio indispensable en la producción ni tuviese que hacer del empresario su ancestral y mortal enemigo a consecuencia del dogmatismo que el marxismo establecía en su irrenunciable lucha de clases. Y para ello, para conseguir alcanzar la plena libertad humana propugnada por los falangistas, el hombre debía ser dotado de la única palanca que le podía permitir alcanzarla: el dominio de la cultura. Reconstruir desde los mismos cimientos la sociedad y así, establecer una igualdad de oportunidades, sin exclusión alguna, que la garantice, incorporando a los hombres al trabajo, evadiéndolos de la esclavitud del peonaje irredento, protegiéndolos frente al infortunio de su futuro individual hasta llegar a la cultura por medio de aquel gran invento que fueron las Universidades Laborales. Porque nada es consistente si el hombre no goza de la plenitud humana que le da el saber y, sin partir de este principio, no se puede hablar de revoluciones. La revolución nacional-sindicalista trata de recuperar al hombre, sacarlo de su inseguridad o indigencia, para poder realizar su auténtico destino – salvarse o condenarse – dentro de los cauces de una estricta naturalidad. Y es de esta raíz teológica, de la base que Dios otorgó libre albedrío al ser humano, de donde nacieron las fuentes de la tradición en las que bebía la doctrina nacional-sindicalista. Y aún hoy, cuando las circunstancias del liberalismo capitalista y del socialismo no son las mismas contra las que arengó José Antonio y puso Girón su maquinaria en marcha, cuando hoy el patrón y la empresa han sido engullidos por las multinacionales y el socialismo domesticado en la parafernalia de la socialdemocracia, nuevamente el nacional-sindicalismo es la doctrina superadora que garantice una auténtica Justicia Social y una dignidad real en el obrero.

José Antonio Girón propugna una fórmula de democracia social, mediante el verticalismo sindical, sobre un sistema de representación orgánica que lograse para España la estabilidad sobre un imaginario trípode apoyado en la economía, el trabajo y la convivencia. Y no hubiera sido posible acometer esa tarea sin buscar el apoyo de otros dos ministerios tan cercanos a los obreros como lo eran el de Industria y el de Agricultura. Con Juan Antonio Suanzes, abordando la tardía revolución industrial que nos habían negado los gobiernos de la Restauración y el convulso final del siglo XIX, y con Rafael Cabestany en su afán de transformación del medio rural, agrícola y ganadero, la labor de Girón en defensa de los obreros alcanzaba cotas legislativas inimaginables y, hasta cierto punto, recordadas con añoranza hoy en día por quienes no anteponen sus odios viscerales a sus pensamientos racionales. La creación del Seguro de Enfermedad en 1942 fue el preámbulo del Decreto de creación de la Seguridad Social que firmó un año más tarde. La creación del Instituto de Medicina e Higiene y Seguridad del Trabajo de 1944 y el Plus de Cargas Familiares de 1946 garantizaban la salubridad en el trabajo y el apoyo a las familias; el establecimiento de las gratificaciones obligatorias de Navidad y Julio y la creación del Servicio de Montepíos y Mutualidades Laborales o el Subsidio de Invalidez fueron un paso hasta la creación de los jurados de empresa en 1947, superadores de la lucha de clases que aún propugnaba el marxismo en aquellos años. Y finalmente, como último peldaño en esa ficticia escalera hasta dotar al hombre de saber como única palanca para alcanzar la libertad, la creación de las Universidades laborales en 1950 suponen el punto álgido de una política social que finalizará en los albores de 1957. Partiendo desde el cero absoluto, desde una España quebrada y un mundo en guerra, Girón, con sus personales ideas políticas y sociales, penetraría hasta la médula en el proceso renovador de una España desnuda sobre el desierto de sus ruinas. Y decimos hasta 1957, fecha en la que una tecnocracia, exenta de emociones y virtudes nacionales, anegó los manantiales ideológicos del nacional-sindicalismo en servicio de aún no sabemos que extraña eficacia. Tras dieciséis años al frente del Ministerio de Trabajo, con Girón desaparece de la política española el halo romanticista del nacional-sindicalismo pre-bélico y llevado a la práctica en los términos que pudo llevarse a cabo, con los medios a su alcance y pese a los impedimentos lógicos en un Movimiento que, a pesar de su parafernalia de Partido Único, nunca a lo largo de su existencia pudiéramos calificarlo como monocolor.

4.- 1957-1975. AGONIA DEL REGIMEN. 1975-2003.

Hemos visto pues, que con Gerardo Salvador Merino se pretende una auténtica revolución que varíe las estructuras del Estado y, a cuyo fin, se produce su trabajo en los dos años en que ostenta el poder sindical dentro del Régimen. Con Girón, más realista que utópico, más racional aunque no exento de un campechano visceralismo, se acomete la tarea de legislar dentro del posibilismo que ofrece el Régimen surgido tras una larga guerra civil. Después de Girón, y cuando el devenir de los acontecimientos desembocará en el suicidio de las Cortes franquistas al promulgar la Ley de Reforma Política en 1976, la legislación social de finales de ese Régimen digamos que sigue el curso que había marcado la retórica falangista. Así, las leyes y las Ordenanzas Laborales continúan en la órbita señalada por la normativa iniciada por Girón y no van en contra de lo legislado en esa época. Y no será hasta 1980, hasta la promulgación del Estatuto de los Trabajadores, cuando comience el total desmoronamiento de la legislación social existente, a veces, y como sucedió con el desmoronamiento de tanta y tanta normativa legal, por el solo hecho de cambiar lo establecido en un Régimen que pasaba a ser denostado incluso institucionalmente, y que nos llevaba a una realidad virtual donde, aún hoy que han transcurrido más de veinticinco años, parece que el Estado implantado durante casi cuarenta años en España, fue una componenda de dos o, a lo sumo, tres militares que, sublevándose contra una República idílica y apacible, aprovecharon en su beneficio pisoteando para ello los más elementales derechos del pueblo español que, si bien les denostaba y repudiaba, fue incapaz de derrocarles en ese periodo debido a lo sanguinario y atroz que era el régimen dictatorial.

Pero volvamos a coger el hilo de la conferencia y dejemos ese tema para los historiadores. Para los buenos historiadores, porque rescribir la Historia, tal y como hoy en día vemos que se está intentando, no supone más que evitarnos el conocimiento de lo que realmente sucedió con el riesgo que eso conlleva en cuanto a que no podremos aprender de los errores del pasado para que no vuelvan a repetirse. Tras la muerte de Franco son de nuevo legalizados los sindicatos de clase, entendidos como aquellos los que defienden los intereses generales de la clase obrera, a la que se concibe como un universo definido y homogéneo, frente a intereses sectoriales y, en esta época, sobrevivirá de la época republicana la socialista U. G. T. y tomarán inusitada fuerza las comunistas CC. OO. Es curioso que CC. OO. tengan su origen en el nacional-sindicalismo opositor al Régimen de Franco, en los que consideraban que la Revolución nacional-sindicalista aún estaba pendiente y había que llevarla a cabo hasta sus últimas consecuencias . El tema de estos nacional-sindicalistas, figuras como Ceferino Maestú, Narciso Perales, Patricio González de Canales, en suma, de este movimiento obrero del falangismo en la oposición no ha sido tratado en esta charla porque considero que da lo suficiente para un estudio aparte. Pero sí he querido reseñar que las CC. OO. que salieron a la luz pública en 1977 nacieron de un embrión nacional-sindicalista, los Círculos Manuel Mateo, y que fueron usurpados por los comunistas españoles que encabezaría durante la transición Marcelino Camacho. Estos dos sindicatos, U. G. T. y Comisiones, decimos, son los que abanderarán el movimiento obrero dentro del Régimen nacido de la Constitución de 1978 que, en su origen, no es sino una continuación o reforma del que bajo mandato de Franco gobernó tecnocráticamente tras la caída de los falangistas en 1957.

Y por sus obras los conoceréis. A los sindicatos. Desaparecido el marxismo de la doctrina del P. S. O. E. y diluido el comunismo en una amalgama de siglas conocidas con el genérico de I. U., los sindicatos españoles aparecen más en los noticiarios debido a sus múltiples escándalos, en la construcción (cooperativa de viviendas de la PSV) o en lo económico (fraudes en cursos de formación organizados al amparo del FORCEM) que por una defensa de la clase trabajadora a la que dicen representar. Las huelgas generales planteadas a lo largo de este periodo han tenido más carácter político que social y han ido encaminadas a presionar a los distintos gobiernos para su propio beneficio. De esta manera es de la única que podemos explicar la existencia de los contratos basura, de la economía sumergida, del desempleo limosnero, de la vigencia de un salario mínimo interprofesional con el que, al precio que está hoy en día, por ejemplo, la vivienda, exigiría trabajar única y exclusivamente e ininterrumpidamente durante treinta y cinco años para alcanzar ese derecho social que es una vivienda digna y que nos garantiza, junto a un trabajo asimismo digno, pomposamente la Constitución del 78.

Y son ellos, los poderosos sindicatos de clase que sustituyeron al verticalismo sindical de Girón y, tan lejanos a los sueños de Estado Sindical de Salvador Merino o al movimiento obrero de la Falange durante la II República, quienes primero explican a sus escasos afiliados en particular y a la clase obrera en general que este es el nivel de vida deseado y el mejor de los posibles. Son quienes permiten que un exiguo porcentaje del más de un millón ochocientos mil parados reciban una limosna lisonjera o se jueguen su vida y su dignidad en la economía sumergida, sin derechos, sin seguridad, y para que, incluso, algún juez les condene por su propio accidente que les ha dejado inválidos para toda la vida pero, eso sí, con todos los deberes del mundo, para pagar un costosísimo precio por unas zapatillas deportivas o una camiseta con el nombre de su ídolo futbolístico que han fabricado niños esclavos en lo que conocemos como el tercer mundo. Como ejemplo contrastado de esta esclavitud podemos señalar la situación de una empresa china, situada en la ciudad de Shenzhen y donde la multinacional norteamericana Mc Donald´s ha encargado los muñequitos de plástico que regalará estas navidades junto a sus menús infantiles. Más de cinco mil niñas, conocidas como dagongmei o niñas trabajadoras, de entre doce y diecisiete años, trabajan entre catorce y dieciocho horas diarias para hacer frente al pedido. Disponen de quince minutos para comer y cuatro escasas horas para dormir en la planta de arriba de la propia fábrica antes que una estruendosa sirena las devuelva al tajo. El sueldo es de 0,16 euros por hora. Pero claro, para nuestro sindicatos esa situación se les antoja muy lejana a pesar de vivir en una sociedad globalizada. Y que los trabajadores españoles no puedan competir en el mercado en esas condiciones tampoco parece afectarles en su devenir sindical cotidiano.

Y son estos sindicatos los que son incapaces de acabar con los contratos temporales, parciales, por meses, por días o por horas que menoscaban la dignidad del ser humano; que le impiden organizar su vida tan siquiera a un medio plazo para establecer y organizar una familia y que les acabará hundiendo en la molicie, aquel vicio contra el que Onésimo Redondo contraponía la virtud de la milicia. Y son estos sindicatos los que han permitido la existencia del despido libre en España, adornado con una nimia indemnización que, tratándose de sociedades limitadas, de capitales ocultos, en algunos casos ni se llega a pagar, como retribución pecuniaria a cambio de la dignidad de la persona. Porque, con la legislación actual, cualquiera puede despedir sin ningún motivo real, salvo su propio capricho, a quien le venga en gana. Cuando el juez de turno de lo Social dictamine, como lo hacen en más de un noventa y cinco por ciento de los casos, la improcedencia del despido, o sea, el reconocimiento de que el empresario no tiene razones legales para destruir la relación laboral, es el mismo empresario quien toma la decisión de la readmisión o el pago de la indemnización marcada por la Ley. ¿No se les ha ocurrido pensar a los sindicatos que sería más justo que esa trascendental decisión recayese en el trabajador?. ¿No se han planteado cambiar ese artículo para que sea el obrero, quien mayormente queda colgado con una leonina hipoteca, quien decida continuar o no en su puesto de trabajo una vez que el juez dictamina que su despido es improcedente porque el empresario no puede demostrar las causas que le imputa en el mismo?. Parece ser que no. Parece ser que es más importante reivindicar las limosnas que da el Estado que la propia dignidad de los trabajadores. El despido aleatorio y, en ocasiones, incluso vejatorio, no es lo realmente importante. Lo que importa es que durante los siguientes seis o doce meses el trabajador pueda cobrar el sesenta o el setenta por ciento de su base de cotización y perciba una indemnización de cuarenta y cinco días por año trabajado cuando, con la actual legislación laboral en materia de contratos, casi llega a ser un logro poseer una antigüedad de más de tres años en la misma empresa.

Y, para mayor abundamiento, han permitido que con la existencia de las Empresas de Trabajo Temporal, las famosas ETT´s, el trabajador pase a ser un medio de producción, susceptible de ser alquilado cual si fuese una máquina imprescindible en la fabricación del producto o equiparable a ese préstamo pecuniario necesario para que la empresa continúe abierta un periodo de tiempo añadido a su, de por sí, habitualmente corta vida.

Y no es que, evidentemente, toda la culpa de la actual situación social sea única y exclusivamente de los sindicatos. Ellos han aceptado su rol esencial en este sistema globalizador que, como por arte de birlibirloque, ha conjugado las teorías más salvajemente liberales del capitalismo económico con las más degradantes de la cultura marxista-materialista que ha sobrevivido a la caída del muro de Berlín.

El progreso que hemos alcanzado, según nos dicen, nos ha devuelto a las escenas del siglo XIX, que aún subsistían durante la II República, y que fueron erradicadas durante las décadas posteriores. La imagen de las plazas de pueblo andaluzas, pobladas de braceros semi hambrientos, que esperaban ser señalados por el capataz del terrateniente y ser premiados con una peonada. Pues bien, ahora podemos ver en la televisión que los capataces han cambiado sus caballos por furgonetas pero, igual que entonces, recorren las plazas de los pueblos donde se hacinan los braceros que serán premiados con una peonada en la fértil huerta murciana. La diferencia es que hoy los braceros son inmigrantes atraídos por un falso bienestar debido a la poderosa influencia de los medios de comunicación, portavoces oficiales del sistema globalizador con la única misión de anular las voluntades del ser humano y privándoles de ese acceso al saber que, como hemos visto antes, Girón consideraba indispensable para que se pudiese alcanzar la plena libertad.

Pero si los peones ahora no son españoles, ¿qué ha pasado con estos?. Hubo un ministro socialista que, con la inteligencia que puede caracterizar a quien sabe que habla a un pueblo dócil y aborregado, expuso que los inmigrantes eran necesarios porque había muchos trabajos que los españoles no querían hacer. Y puede que sea cierto que los españoles no quieran realizar esos trabajos en situación de semi esclavitud y donde, el retroceso en legislación social, les convierte en simples elementos de la producción, en impersonales números dentro del balance de pérdidas y ganancias de una multinacional. Y claro que los peones españoles no quieren estar de sol a sol cogiendo brócoli en Murcia cobrando a diez pesetas ( o su equivalente en euros, que aún parece menor ) por kilo recogido, sin seguridad social, sin un contrato estable o no quieren estar catorce horas bajo los tórridos plásticos de los invernaderos del desierto almeriense. Para ese sueldo y esa calidad de trabajo, que vengan los marroquíes y, si protestan mucho, tenemos todavía a un precio más barato a polacas, búlgaras o checas quienes, con tal de huir de la miseria en que el comunismo dejó sus países, quizás prefieran esa vida a estar en la barra de cualquier club de carretera. Puestas a perder la dignidad, que tengan donde elegir.

Porque la verdadera lectura no es la de que se necesite mano de obra, máxime si tenemos que contrastar ese dogma mediático con la existencia de más de un millón ochocientos mil desempleados. La verdadera lectura es que el liberalismo salvaje, el que controla los parámetros económicos en la globalización, necesita que la balanza entre la oferta y la demanda de empleo se incline de este último platillo. Y para eso, si la mano de obra autóctona no acepta esas condiciones laborales, importamos trabajadores como hubiéramos podido importar tractores en los años setenta. Y cuantos más, mejor. Legales o ilegales (preferentemente estos que, por el miedo a su situación, son más sumisos). Y los españoles... que estudien para ser algo, pero que no estudien para esos trabajos para los que salen preparados en la Formación Profesional, que todavía recuerdan a aquellos antiguos antros que, bajo el suntuoso nombre de Universidades Laborales, se había inventado el fascismo con la excusa que mediante el saber alcanzarían su libertad y dignidad como seres humanos. No, que estudien una carrera universitaria, pero de verdad, de las que han estudiado siempre los hijos de los ricos. Y cuando el número de licenciados en derecho, solo en Madrid, ha superado el número de abogados existentes en Gran Bretaña, cuando los médicos sobran por todas partes y hay que inventar todo tipo de triquiñuelas para que sigan estudiando antes de acceder al mercado laboral, entonces, nos inventamos ostentosos títulos universitarios como Ingeniero Técnico en Paisajismo y Jardinería o Licenciado en Tácticas de Distribución y Optimización de Recursos Empresariales pues, de lo que se trata es de pasar por la Universidad, realizar masters al licenciarse y esperar, pausadamente, a que llegue el puesto de trabajo soñado y estudiado que nos garantice el dinero necesario para poder comprar el dvd, el coche, el teléfono móvil último modelo, la pantalla panorámica y todos esos placeres domésticos que nos garantizan el nivel de vida necesario para considerarnos dignos en este sistema.

Y para ello, el paso de los españoles por la Universidad debe ser única y exclusivamente con el fin de obtener un título. Porque la Universidad española, hoy en día, no es un aula de cultura y de saber. La cultura la debemos adquirir a través de los gurús que ha designado el sistema y que nos imparten su sabiduría a través de los medios de comunicación. Javier Sardá, Boris Izaguirre, Ana Rosa Quintana o Teresa Campos transmiten más conocimiento y cultura a la sociedad que los que puedan aportar Mariano Barbacid, Gustavo Bueno o Fernando García de Cortázar. En esa sociedad, que ya se ha acostumbrado a llamar a un rumano cuando le gotea un grifo, a que un polaco le lleve la bombona de butano, a que las casas las construyan peones marroquíes, a que las cervezas se las pongan ciudadanos ecuatorianos, a que las aceras las barran nativos sub saharianos, el aula de la cultura y el saber se encuentra en el salón de su casa, prestando atención a la televisión y estudiando y asimilando esas asignaturas que se llaman Crónicas Marcianas, Salsa Rosa o Gran Hermano. Y, del mismo modo, esa sociedad se ha acostumbrado a escuchar que el paro sube o baja, según que mes, pero que sigue igual, que Cáritas denuncia que hay seis millones de personas que viven en el umbral de la pobreza, que el cincuenta y tres por ciento de las familias tienen dificultades para llegar a final de mes, que más de dos millones de familias viven ahogadas en frustrantes hipotecas, que tenemos un país con más de siete millones de pensionistas sin contar quienes perciben prestación o subsidio por desempleo o el tristemente famoso PER andaluz y extremeño. Y que todas estas limosnas que el Estado otorga a sus súbditos, para auto convencerse que no les abandona, son complementadas con la economía sumergida, que tanto daño hace a la economía nacional y contra la que tan poco protestan los sindicatos defensores de los obreros.

Por la causa que fuere, que nos dijeron que fue debido a nuestra necesidad de entrar en Europa, pero ya no nos lo creemos, los distintos gobiernos socialistas acometieron la reconversión de la industria española que no era sino un eufemismo para certificar su defunción. Lo que obtuvieron los sindicatos fue conseguir pensiones para todos aquellos que debían abandonar sus puestos de trabajo: pensiones de invalidez por sordera para los trabajadores de los astilleros de Cádiz, pensiones por enfermedades bronquiales para los de la minero siderurgia, pre jubilaciones a los cuarenta y cinco, cincuenta y dos o sesenta años. En definitiva, la compra de la dignidad que se alcanza mediante el trabajo a cambio de una paga vitalicia que palie su subsistencia, pero nunca una férrea defensa de tantos miles y miles de puestos de trabajo, directos e indirectos, como se perdieron. Porque la economía española, también nos dijeron que debido al precio que había que pagar por ser europeos, pero seguimos sin creernos nada, debía olvidar la producción y dedicarse únicamente a los servicios. Y esos servicios que ofrecemos son los que aún no nos pueden quitar de aquí para trasladarlos a otros países donde la clase obrera no tenga tantos derechos sociales como en España se habían alcanzado. No pueden trasladar el sol que garantiza la presencia de millones de turistas en nuestras playas, restaurantes y hoteles. No pueden trasladar las fértiles tierras del Maresme, de la huerta levantina o los viñedos manchegos, aunque sí que nos hayan obligado a reconvertir gran parte de la producción. Y no pueden construir en otros países tantas y tantas viviendas y venderlas al precio que han alcanzado en España para beneficio de esas constructoras y esos bancos que, con tanta y tanta fusión, no se cansan de dar patadas en el trasero a sus empleados enviándoles a una situación ociosa cuando aún les queda por pagar más de la mitad de su hipoteca. Y como no se pueden llevar estos medios de producción de riqueza al igual que hicieron con las fábricas al árido y estéril Este que había dejado el comunismo, se traen hasta aquí a los obreros de los países más subdesarrollados o más exprimidos para pagarles sueldos míseros y obligarles a vivir hacinados, junto a su extensa prole, al estilo que vivían los obreros durante la II República y para cuya dignificación nacieron los primeros sindicatos falangistas.

Junto a esas necesidades del capitalismo, la cultura residual marxista, la otra columna en la que se apoya la globalización, esconde la cabeza bajo el ala y propugna el famoso papeles para todos en aras de un discurso humanista mal entendido, principalmente, porque es un discurso al que le sobra materialismo y le falta inspiración cristiana. Vuelven a levantar la bandera de la igualdad y los derechos humanos para acabar justificando veladamente la esclavitud. Vuelven a levantar la bandera de la libertad entendiendo como tal lo que veíamos antes que proclamaba José Antonio en su discurso fundacional y que me van a permitir que repita debido a su vigencia actual "sois libres de trabajar lo que queráis; nadie puede compeleros a que aceptéis unas u otras condiciones; ahora bien, como nosotros somos los ricos, os ofrecemos las condiciones que nos parecen; vosotros, ciudadanos libres, si no queréis no estáis obligados a aceptarlas; pero vosotros, ciudadanos pobres, si no aceptáis las condiciones que nosotros os impongamos, moriréis de hambre, rodeados de la máxima dignidad liberal."

Pero claro, en pleno siglo XXI, ninguno de los comunicadores del saber que señalábamos antes, va a intentar culturizar al abnegado pueblo español explicándoles la actual y, por desgracia, triste vigencia de aquellas palabras de José Antonio, hace ahora más de setenta años. Ahora también hay libertad para trabajar en las condiciones que quieran los que tienen el poder y el dinero. Eso es lo que entienden por libertad: el poder decir que no a unas condiciones de semi esclavitud. El poder decir que no a una jornada de más de ocho horas diarias o de cuarenta horas semanales. El poder decir que no a percibir un salario mísero e indigno por el trabajo realizado. Ante el hambre y la necesidad, ya habrá quien acepte esas condiciones que convierten en papel mojado la ambigua legislación social vigente. Y si no los hay aquí, los traeremos en autobuses, en aviones o en pateras. Y cuando alguien como los falangistas denuncien las condiciones infrahumanas en las que los obreros, españoles o extranjeros, legales o ilegales, realizan su sacra labor y reclamen dignidad para el ser humano, cultura y saber para que alcancen su libertad, diremos que son racistas, xenófobos o, incluso, nazis. Y los gurús de la desideologización satanizarán a José Antonio para evitar que su preclaro y vigente mensaje pueda hacer racionalizar su pensamiento a un indeterminado número de personas. Y sacarán a Boris Izaguirre, personaje ensalzado por su homosexualidad militante con la misma injusticia con la que se demoniza a quien, hoy en día, se le ocurra declararse falangista militante, vestido con el uniforme de unas ideas que representan dignidad y libertad para ridiculizarlas e imbuir en los aborregados y somnolientos telespectadores el mensaje de que las ideas de aquel hombre, en representación de todos y cada uno de los nacional-sindicalistas que han contribuido, a lo largo de la Historia, al desarrollo de esta ideología, fueron las culpables del ostracismo a que nos condenó el régimen franquista y nos privó de esta paz, bienestar, libertad, seguridad y Justicia Social que disfrutamos, cada día más, desde 1978.

Dicen que todos somos iguales. Pero sabemos que no es verdad. Hace tiempo que alguien pronosticó, a toro pasado, eso sí, que si Goebbels hubiese dispuesto de la televisión, el III Reich hubiese durado mil años. Y eso que en esa profecía a posteriori, aún no se conocía el internet como elemento de la cultura globalizadora. Porque, incidiendo en lo señalado antes, el capitalismo se ha basado del concepto marxista de masas para conseguir sus objetivos. Ese concepto, tan denostado por despectivo por el nacional-sindicalismo, ha sido el aprovechado por los ideólogos del sistema para controlar a las denominadas masas, a esas masas que el marxismo les contraponía al patrono y al capital bajo la pancarta de la igualdad. Y el capitalismo les ha dado la igualdad cultural y la libertad de elegir entre esto y lo mismo aún a costa de que pierdan su dignidad.

Contra esto, contra la realidad virtual de este sistema, contraponemos nuestro concepto de sindicalismo. Nosotros entendemos el sindicalismo como una forma de vida definida por un alto sentido de la honestidad y del compromiso social. El sindicalismo debe ser independiente y autónomo no pudiendo supeditarse a intereses partidistas o sectarios. Por eso, rechazamos el modelo de correa de transmisión de los sindicatos que conocemos en España: U. G. T., hija directa del P. S. O. E. e instrumento del partido para controlar a los trabajadores dentro de las empresas y orientar sus anhelos hacia los postulados del mismo, a encaminar el sentido de un voto emitido cada cuatro años como único cauce de la soberanía popular. Semejante a la relación que mantiene CC. OO. con el P. C. E. centrando su actuación en colectivos muy definidos de trabajadores: fijos, con contratos de larga duración, concentrados en grandes empresas... olvidando sectores que, hoy por hoy, son mayoría dentro de los obreros: eventuales, aprendices, en prácticas, empleados en pequeñas o medianas empresas o trabajadores autónomos a quienes, con exceso de sorna, consideran como empresarios. Al contrario de lo que establece el sistema, nosotros consideramos el capital como una herramienta al servicio del trabajo. Que corresponde al Estado facilitar créditos blandos para el desarrollo personal, social y económico reduciendo la tasa de interés al mínimo rentable y que el sindicalismo, hoy, debe ser una palanca de transformación social. Creemos en una tercera vía, superadora de la autarquía y el librecambismo, que garantice la libertad, la integridad y la dignidad de la persona, exigiéndole como único deber el participar en el gobierno del común y aspirar a la conquista de una vida realmente democrática, apacible y justa.

Pero el mensaje falangista recibe un muro de silencio, de incomprensión y, a veces, hasta de odio, cara a la opinión pública. Para mayor abundamiento quizás nosotros tampoco sabemos hacerlo llegar porque nunca nos hemos dirigido a las masas. El nacional-sindicalismo ha rechazado siempre cualquier estructura social en la que no se contemple al individuo en toda su dimensión. Toda estructura que en vez de contemplar al ser humano como portador de valores eternos tenga incluso la desfachatez de dirigirse a él con el genérico de consumidor. Para los falangistas la economía de un país no la deben marcar las curvas macroeconómicas que nos dicen que España puede ir bien aunque los españoles no lleguen en su mayoría a final de mes. La economía son personas, no curvas. La economía debe estar al servicio de las personas y de la nación y no al revés. Y aunque en este contexto social que nos ha correspondido vivir no podamos contraponer unos sindicatos, tal y como se hizo durante la II República, contra los ahora domesticados por el dinero y el poder; aunque, por no hablar del proyecto de Estado Sindical de Salvador Merino, se nos antoje utópico asimismo el sueño de un posibilismo dentro del Estado como realizó Girón; aunque el silencio, el odio y el rencor sigan marcando cualquiera de nuestras actuaciones públicas, nuestra misión será continuar denunciando las injusticias de un sistema donde el hombre ha pasado a ser un consumidor de los productos que el capital le ofrece tras explotar para ello a otros seres humanos, donde el dinero controla nuestros sueños y ambiciones porque todas son materiales, puesto que ya se ha encargado la cultura basura de anular cualquier atisbo de satisfacción espiritual; donde, en definitiva, el hombre ya no porta valores eternos porque le han anulado la dignidad consiguiendo que, una vez perdida esta, se sienta libre en su propia jaula.