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La Semana Santa le viene muy bien al mundo para parar su frenética marcha, y nos invita a todos, especialmente a los católicos, a reflexionar sobre el sentido de nuestra vida, y en especial, sobre si realmente somos dignos de ser llamados cristianos. Si hacemos aquello que Cristo nos pidió, si vivimos para amar a los demás o en un puro egoísmo, o si realmente al escuchar, por ejemplo, el relato de la Pasión del Señor del pasado viernes, nos sentimos concernidos o pensamos que simplemente eso no va con nosotros.

 

 

 

 

Hoy, Domingo de Resurrección, es un día glorioso y feliz, es el día en el que el amor ha vencido a la muerte. Es, en realidad, lo que da sentido a nuestro Credo y nos aporta la esperanza necesaria para seguir adelante y no desfallecer cuando las cosas no salen bien, cuando pensamos que no tenemos a nadie. Cristo ha vencido al pecado y a la muerte. Pero insisto, es en el Viernes de Pasión, en la entrega del Señor, en la traición de Judas, en la cobardía de Pedro, en la sed de sangre del pueblo que pedía a Pilatos la crucifixión de un inocente, es ahí donde debemos hacer nuestro particular examen de conciencia.

 

 

 

La Iglesia Católica, con el Papa Francisco al frente, nos enseña cada día a caminar según quería Cristo. Nos enseña a pescar, sí, pero también  nos da de comer. Que se lo pregunten a las miles de familias que han superado la crisis económica, que han literalmente sobrevivido, gracias a la labor de Cáritas. No hay partidos políticos, ni banqueros, ni empresarios (con alguna excepción), ni desde luego sindicatos marxistas que den de comer a nadie. Entre ellos no hay ningún Simón de Cirene.

 

 

 

Es particularmente llamativo el hecho de que, sobre todo desde la izquierda más radical, también desde el anarquismo y otros movimientos extremos y radicales, el catolicismo despierta odios ciertamente inexplicables desde el sentido común. Indudablemente, por la misma razón por la que hace dos mil años Jesús de Nazaret fue perseguido, condenado y asesinado, por esa misma razón hoy son vilipendiados y en cierta manera también perseguidos, incluso en España, los que se atreven (nos atrevemos) a llevar su palabra y su ejemplo con nosotros. El amor despierta odio en los corazones pequeños y mezquinos.

 

 

 

Sólo desde una cerrazón partidista rayana en la esquizofrenia, sólo desde un enconamiento personal y político que no puede ser sano, se puede entender, por una parte las convocatorias de marchas ateas en Semana Santa (afortunadamente, este año prohibidas con buen criterio por el TSJM), y por otro las declaraciones de la diputada del PSOE Ángeles Álvarez, que en un mensaje en Twitter ha comparado la presencia de niños en la procesiones de estos días con la de islamistas en celebraciones religiosas musulmanas.

 

 

 

El dislate no puede ser mayor, la magnitud de la estupidez no deja duda de la talla intelectual y humana del personaje, pero más allá de la anécdota de quién diga una majadería como esa, está el trasfondo al que antes me refería: el odium fidei. La descalificación y la persecución de cualquier forma de expresión católica, no para proponer otra forma de creencia, sino para proponer la nada. El ateísmo, el agnosticismo y el relativismo, que es tanto como decir el vacío y la nada. Cristo, a través de la Iglesia, nos ofrece la Salvación eterna, y los hijos de las tinieblas nos ofrecen un limbo de pequeñas miserias humanas.

 

 

 

Ante el acoso de los enemigos de la Fe, que nos empujan a llevar nuestra religiosidad a lo privado, lo que procede es que seamos evangelizadores del siglo XXI, con la misma determinación que han usado, antes que nosotros, tantos santos y mártires que nos han allanado el camino. Sería de ingenuos pensar que los dirigentes políticos, de todos los partidos, a los que les interesa el modelo liberal relativista, vayan a proteger derechos tan básicos como poder expresar nuestro Credo en libertad, sin sentir el acoso de los de siempre. Es a nosotros, a cada uno y a todos, a los que corresponde responder con firmeza al desafío de sostener unos valores sin los cuales difícilmente podrá seguir existiendo la Humanidad dentro de unos siglos. 

 

 

 

Y hoy pregunto a los oyentes de Sencillamente Radio: ¿debe legislarse para sancionar con la mayor dureza los comentarios o actos que supongan coartar, de hecho, la libertad religiosa a la que tenemos derecho los católicos?

 

 

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Rafael Nieto es el director del programa de debate “Sencillamente Radio” de Radio Inter de Madrid (programa que se emite todos los domingos de 08:30 a 12 horas en esa emisora en el 918 de AM, 93,50 de FM e Internet: http://www.intereconomia.com/oir-radio-inter ), y en el que participan habitualmente distintos militantes del Sindicato TNS.