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No me gustaba él. No conozco a nadie capaz de terminar una sola de sus obras. Yo prometo que lo he intentado, pero el sopor, el aburrimiento y la desidia inundaban mi mente, la cual era incapaz de continuar, incapaz de obedecer a mi voluntad.

 

 

Reconozco que vendía libros. Ningún lugar de cierto postín podía pasar sin sus “Cien años de soledad”. Este libro, solía presidir la mayoría de los salones en las casas. Nuevo e impecable, el transcurso de los años, no hace la menor mella en él. Quizás, las primeras hojas del primer capítulo, algo manoseadas por los distintos miembros de la familia, pero pasados estos primeros amagos de leer este incansable e infumable tostón, el resto está como el primer día, como el día en el que fue adquirido, o nos lo regalaron como una maldita bomba pesada.

 

García Márquez fue galardonado con el Nobel de Literatura. Premios con un marcado cariz político, más que literario, en los que en raras ocasiones se ha valorado más la calidad literaria que la tendencia política. Hubo unos años en los que para optar a tan preciado galardón además de ser hispanoamericano, tenías que acreditar una militancia pasada y presente de carácter marxista, pues solo así tenías posibilidades de hacerte merecedor del Premio Nobel de Literatura.

 

García Márquez, Gabo, como le llamaban coloquialmente sus amigos, era icono de la progresía. Líderes de todo el mundo ansiaban una foto con él, solo así, se les adjudicaba el marchamo, no solo de progres sino además, de cultos, aunque todos fuéramos conscientes de que la mayoría de esos líderes jamás le leyeron y eran o siguen siendo unos analfabetos funcionales. Pero así es la progresía. Piensan que por “intentar” leer libros raros, libros coñazo, libros que nadie entiende, libros aburridos pero con muchas, muchas páginas, ya eres un intelectual de cierto nivel. Un claro ejemplo de intelectual de salón, es llevar siempre que la ocasión lo requiera, la infumable separata literaria del diario “El País”, Babelia.

 

Gabo tenía muchos amigos, muchos admiradores. Entre todos ellos destaco (no solo asesinos de las distintas guerrillas marxistas que poblaron el continente americanos en las décadas de los 60,70 y 80, e incluso alguna llega hasta nuestros tiempos) el gran tiranosaurio del Caribe, Fidel Castro. Durante muchos años, hicieron un tándem perfecto: uno ponía el marchamo intelectual, y el otro el político. Se querían mucho. Uno asesinaba y el otro le daba un toque poético a los crímenes. Nos hablaban de derechos humanos, pero siempre y cuando estos no afectaran a los regímenes marxistas, donde el crimen, los asesinatos y las violaciones, eran institucionalizados por el aparato estatal.

 

Garcia Márquez hizo mucho daño a la libertad. Hizo mucho daños a miles de personas, con la justificación de regímenes asesinos y guerrillas criminales. Está bien que se recuerde su infumable obra, pero eso no nos puede hacer olvidar que su cobarde postura, dio una patina de legitimidad a los crímenes cometidos por gobiernos como el cubano, que gozaron de mucha comprensión por parte de medios de comunicación y líderes europeos, pues Gabo era quien lo justificaba y defendía. Muy orgulloso de ser colombiano, pero donde vivía era en Méjico, ni siquiera en Cuba. Descanse en paz y quien sea valiente, que de un paso al frente y se atreva a leer uno de sus libros para luego someterse al polígrafo y decir que le gusto. Les aseguro que miente.

 

Javier Garcia Isac  -Una Hora en Libertad –

 

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