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Los derechos tienen una característica fundamental y es que por mucho que te amparen, se ven limitados siempre por los derechos de otros. El de la libertad de expresión o publicación, están limitado por los diversos derechos de protección al honor, a la intimidad y a otros muchos, el de fumar está limitado por el derecho del no fumador a que no le incordies y el de circular por una carretera a una velocidad determinada, a que un ciclista no esté ejerciendo su derecho a hacerlo con su máquina en el mismo lugar y momento, y a que un peatón no ejerza su derecho a cruzar por el paso de peatones.

 

No hay ningún derecho absoluto que no se contraponga a los derechos de otros excepto el muy superior y primario derecho a la vida, del que dependen los demás. Y hasta ese es supeditado a la legislación penal, a la declaración de guerra, al ejercicio legítimo de la violencia por parte de quienes tienen el monopolio de hacerlo en nombre del estado, de la ley y de la convivencia e incluso - mucho más terrible - el supuesto y falso derecho de una madre sobre su propio cuerpo frente a la vida del no nacido.

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Pocos años después de la muerte de Franco y con la llegada de la democracia a España, se legalizaron los partidos políticos, y las distintas facciones falangistas solicitaron todas ellas el heroico y primitivo nombre de “Falange Española de las JONS”, solo una lógicamente lo consiguió, la encabezada por el antiguo Secretario General de la Falange y posterior ministro franquista Raimundo Fernández Cuesta, los otros grupos tuvieron que contentarse con poner apellidos a la Falange, la “Auténtica”, la “Independiente”, y así se entabló una lucha cainita entre las diversas sensibilidades que se autodenominaban falangistas.

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El atentado terrorista en el que asesinaron a más de 1.200 participantes en una fiesta juvenil, entre los que se encontraban judíos, musulmanes, cristianos y ateos; y el posterior ametrallamiento seguido de secuestros, torturas y violaciones, es motivo más que suficiente, para que Israel extermine sin compasión a todas las bestias terroristas y a sus cómplices. Crueles fueron unas imágenes en las que se veía a un grupo de bestias sosteniendo a unos rorros como si fueran mochilas, mientras se podía leer en sus títulos traducidos al español: “Son ciudadanos israelís pequeños que han sido secuestrados”. Lo que hacía suponer lo peor para los críos.

 

Todo estado debe defender su nación, pero también debe saber distinguir entre bestias culpables y pacíficos inocentes. Eliminar totalmente a los terroristas ¡SÍ!, pero sólo a ellos y no bombardear los países de la zona, causando masacres aún mayores y más criminales que las que supuestamente iniciaron las represalias, y con el fin de apoderarse de todos los territorios que aparecen en la Biblia como pasó en 1967 con las ocupaciones del Sinaí, Gaza, Cisjordania y el Golán.

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 Desde el máximo respeto a todos los que dan su vida por una causa, por muy repugnante que sea esa causa y porque nosotros no profanamos tumbas, porque nosotros no profanamos la historia y porque nosotros no profanamos la verdad, no vamos a negar lo sucedido, pero tampoco vamos a tragar ningún relato de la progresía ricachona, por muy endulzado que haya sido por el peliculero Enrique Cerezo.

 

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El Mediterráneo fue testigo del nacimiento de culturas, que en su desarrollo crearon verdaderas formas de estado. Egipto fue la primera civilización con creencias espirituales de trascendencia después de la muerte. Grecia, por primera vez en la historia, valoró más las conquistas intelectuales que las guerreras. Roma al absorber todo el bagaje cultural del Mediterráneo constituyó un imperio de obligaciones y derechos.