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Llegó la señal y llegó en forma de mensaje telefónico. Estaban esperando la excusa, la coartada para poder desatascar la situación, el motivo para deshacerse de un Puigdemont que ya empieza a ser molesto a propios y extraños. Todos sabemos y conocemos la falta de épica, de heroica en eso que llamamos procés, lo que no podíamos imaginar, ni siquiera soñar, es que la finalización de la efímera república independiente de Cataluña nos viniera en forma de SMS o whatsapp.

  

La extraña pillada al ex consejero Comín, de los mensajes recibidos por parte del ex presidente de la Generalidad Puigdemont, donde este último reconocía la victoria de Moncloa, es ahora utilizada por amigos y enemigos, para desembarazarse del cadáver político en el que se ha convertido Puigdemont. No tengo ninguna duda de lo “dantesco” de la situación, como tampoco la tengo del montaje realizado. Nada es por casualidad. Los hechos deben ser analizados con la perspectiva del tiempo. El sábado 27 de enero, el constitucional establecía las medidas cautelares que impedían que Puigdemont fuera investido presidente telemáticamente. El martes 30 de enero, el presidente del congreso autonómico catalán, Rogelio Torrente, decide aplazar la sesión de investidura. El miércoles 31 de enero, el exconsejero Comín recibe unos mensajes telefónicos de Puigdemont que transcienden a la prensa y se hacen públicos. 

El castillo de naipes se desmorona y todos tan contentos. La brecha, la fisura, la grieta en ambos frentes, es algo más que evidente. En el independentista, son cada vez más las voces que dan por amortizado a Puigdemont y desean la formación de un gobierno posibilista. La chusma es muy valiente en grupo, en manada, pero no tanto cuando se la individualiza, cuando se la identifica o se la responsabiliza de un hecho en concreto. Son pocos los dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias en pos de conseguir la independencia de Cataluña. El miedo a pisar la cárcel les atenaza a la hora de tomar decisiones que puedan entrañar la posibilidad de entrar en el talego y Rogelio Torrente no está dispuesto a pasar por semejante trago, por muy independentista de salón que sea. En el frente “constitucionalista” no están mucho mejor. Ciudadanos e Inés Arrimadas, la nueva favorita de la prensa y los medios conservadores de este país, nos hablan de unidad frente al separatismo, unidad que no se creen ni ellos mismos y que queda en evidencia cada vez que tienen que llegar a algún tipo de acuerdo. Los Socialistas tampoco son unos socios fiables, la visión de cada reyezuelo territorial es diferente dependiendo de la comunidad autónoma donde residan. Con toda seguridad, la cuestión es que la Constitución del 78 no es la solución, es parte del problema. La constitución por si sola, no es suficiente para garantizar la unidad de este país. 

Puigdemont y sus SMS han dado un balón de oxigeno impagable a un Mariano Rajoy que atraviesa sus horas más bajas y han conseguido que el independentismo empiece a pensar en un cambio de estrategia que muchos les reclamaban. Desean volver a la normalidad, “a su normalidad”, la del 3%, la de la imposición lingüística, la de la desobediencia a las resoluciones del tribunal constitucional, la del adoctrinamiento en las escuelas, la de las embajadas en el extranjero, la de la marginación al que piensa diferente. En definitiva, a la normalidad que nos han vendido los últimos 40 años en Cataluña, con la complicidad de los distintos gobiernos de España. Sin querer ver que nada era normal en Cataluña antes ni después de ese 1 de octubre. 

Tengo claro que el conchaveo, el cerdeo, la componenda ya está en marcha. Los SMS de Puigdemont son el pistoletazo de salida para que las aguas vuelvan a su cauce, a esa situación que quieren vendernos como normal. Solo les separa dos obstáculos que tienen que domesticar, que tienen que neutralizar: la movilización popular de miles de españoles y al Juez Llarena.

 

Javier García Isac