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Menos estremecido por la espantosa matanza que sobrecogido por la grandeza del sacrificio,Paul Claudel sintetizó en su “A los mártires españoles” la hondura de lo que sucedía en la España de 1936: “seis mil sacerdotes asesinados, y ni una sola apostasía”.

 

Algo semejante –salvadas las distancias de todo tipo- podríamos decir de lo acaecido durante estos últimos meses. Muchos miles, decenas de miles, cientos de miles de personas en las calles defendiendo a la nación –millones en toda España-, y ni un solo grito contra Cataluña.

 

Han callado a tiempo las voces que otras veces –acaso el despecho de un amor no correspondido-, reclamaban un “que se vayan” que acunaba las perversas ensoñaciones de los miserables. El pueblo español ha comprendido que el buen combate es el que libra el amor contra el odio, el que muestra la otra mejilla a cada golpe del desprecio desdeñoso que llega procedente del separatismo.

 

Así que, desmintiendo un viejo discurso, a los gritos contra la patria común han contestado los españoles abriendo los brazos, llenando los aires con vítores a España y Cataluña fundidos en un solo grito.

 

Todo lo cual ha evidenciado la falsedad del discurso secesionista, que ahora parece no querer hablar tanto de dineros -admitamos que es novedoso- cuanto de afectos. De afectos, sí, pero ¿de cuáles?

De los suyos, claro, de los del supremacismo catalanista.

Porque a los supremacistas del catalanismo nada les importan los sentimientos ajenos. Por eso no quieren recordar la inmensa alegría que presidió aquellas memorables jornadas en las que toda España hizo suyas las Olimpiadas de Barcelona con auténtica pasión, mientras poco después un miserable de nombre Josep Lluís -miserable aquí y en la China Popular- pedía que no se le concediera a Madrid la concesión de los juegos olímpicos. Por eso tampoco quieren recordar que Cataluña es la región que más veces ha recibido la vista de los jefes de Estado, aunque no sé si esto cuenta entre las más deseadas efusiones sentimentales que los catalanes anhelan.

Supongo que no querrán que nadie les recuerde las obscenas cantidades de euros que han recibido del FLA -y que han servido para financiar las embajaditas en el exterior-, en detrimento de las regiones más pobres de España. Mientras, la administración autonómica acumulaba deudas millonarias con los proveedores, a los que no pagaba para “hacer país”; aunque supongo que eso tampoco tiene nada que ver con los afectos.  

Así que, retomando la emotividad de esos catalanes de lágrima secesionista, ¿se han parado a pensar estos cómo se sienten el resto de españoles, o su onanismo compulsivo no les deja más tiempo que el que dedican a sentirse a ellos mismos?

 

¿Es que ignoran que el diseño mismo del actual Estado español se debe a la pretensión de satisfacer a Cataluña y a que esta no pretexte agravios que alimenten veleidades independentistas? ¿Cabe mayor cariño que el que hayamos estructurado el Estado de todos en función de sus deseos? ¿O creen que los constituyentes estaban pensando en La Rioja y Murcia cuando concibieron el Estado autonómico?

 

¿Podrán concebir algún día la existencia de sentimientos al sur del Ebro? ¿Son conscientes de que muchos millones de españoles, que una y otra vez les esperan con los brazos abiertos, se sienten como leprosos ante los ya infinitos rechazos sufrido en sus carnes?

 

Por eso, quienes plantean el nacionalismo como un reactivo de injusticias seculares, mienten. El nacionalismo no es la consecuencia de ningún agravio. El secesionismo no está causado por una situación de injusticia insoportable. Al contrario, el nacionalismo es la protesta de los privilegiados; no existe el nacionalismo catalán porque haya un problema catalán, sino que hay un problema catalán porque existe el nacionalismo.

 

Durante décadas ha habido que soportar el permanente olvido de lo común, que es mucho más, en favor de la constante vindicación de lo distinto, de la diferencia. Pocas cosas pueden expresar más desprecio que reclamarse distinto y diferente con tan persistente afán. Quien así actúa, proyecta un complejo de superioridad que no es más que la sublimación de una profunda conciencia de la propia inferioridad.

 

 

El nacionalismo es la expresión de una patología social. Una patología que se nutre de la debilidad del oponente. Llegados a este punto, la única solución para Cataluña y para España radica en que nuestros gobernantes tengan más miedo a la nación española que a los separatistas. Solo así se salvará la nación, con emotividades o sin ellas.