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Solo desde de la aceptación, desde el reconocimiento de que algo se hizo mal, podremos poner los remedios adecuados para corregir o enderezar los fallos, para corregir o enderezar la situación. En el caso de España, no sé si todavía estamos a tiempo, o sería mejor una catarsis, destruirlo todo, para volver a construirlo, para volver a empezar de cero.

 

Es tiste ver como aquí seguimos ahondando en el error y no proponiendo mejoras que corrijan el rumbo, que corrijan la deriva de desprecio que tenemos hacia nosotros mismos y hacia nuestro país. Somos incapaces de reconocer que el régimen nacido de la Constitución del 78 ya no sirve, no vale. En realidad nunca sirvió, nunca valió. La situación se hace cada vez más insostenible a medida que el régimen se desarrolla, que el régimen evoluciona hasta llegar donde nos encontramos ahora.

Nos proponen como mejora y medida correctora modificar la Constitución, y en esa reforma propuesta solo se contempla el dar más cabida e importancia al hecho diferencial, más relevancia a lo que nos separa y no a lo que nos une. Cometeremos un grave error, posiblemente un error irreparable, si no aprovechamos este momento histórico para revertir una situación insostenible e inmoral. El modelo autonómico nacido del 78 ha generado españoles de primera, segunda y tercera, ha generado desigualdades sociales y culturales. Diecisiete modelos educativos, auténtica fabrica de generación de analfabetos funcionales, diecisiete modelos sanitarios, diecisiete tributaciones distintas, diecisiete reinos de taifas convertidos en nidos de corrupción con diecisiete reyezuelos mediocres que solo miran por su bienestar personal o el de su partido, y en el mejor de los casos, solo por los de su tribu o aldea, nunca con perspectiva global, nunca por el conjunto de todos los españoles.

 

La Constitución del 78 esta amortizada, está muerta. Teniendo una visión buenista de las cosas, no quiero “dudar” de las buenas intenciones de aquellos que la redactaron. El acercar la administración al ciudadano, el reconocer determinadas peculiaridades de algunas regiones, el descentralizar el Estado, etc. Pero el experimento salió mal. España tiene casi 6000 municipios, todos fantásticos y maravillosos, todos distintos y con peculiaridades que les hace especiales, pero eso no les da categoría de nación. La deriva actual, es consecuencia de lo anterior. Reconozcámoslo, busquemos otra solución, unifiquemos criterios, eliminemos diferencias entre personas de una misma nación, entre personas de un mismo país. Recuperemos competencias que nunca debieron ser cedidas, cambiemos la ley electoral donde las leyes más importantes del Estado no dependan de la anti España. Recuperemos el orgullo de lo que somos, el orgullo de ser españoles. Solo enderezaremos el rumbo si las reformas propuestas van en este sentido. Todo lo demás será el alargar una agonía que dura ya demasiado tiempo.