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Las naciones europeas se han forjado a lo largo de los siglos no sin dificultades, pero de su superación han hecho virtud y, en general, han adquirido la rara manía de considerar que la unidad es el primero de los bienes políticos a preservar si quieren tener un futuro. Reflejo de ese pasado, y pretexto para la invocación de un porvenir mejor, las viejas y jóvenes –que de todo hay- naciones europeas exhiben sin pudor sus aspiraciones colectivas a través de las liturgias compartidas.   

 

Los unos, que si su patria “über alles in der welt”; los otros, deseando a su majestad “victoria, felicidad y gloria” y los de más acá llamando a las armas a “los hijos de la patria, que ha llegado el día de la gloria”. Rituales que, por su significación, se ejecutan con la máxima solemnidad. Vamos, nada que ver con el corro de la patata.

Todo ello se desvanece como por ensalmo cuando una furgoneta se abalanza sobre la multitud, cuando se produce un tiroteo en una capital europea, cuando algún caso aislado ataca con arma blanca a los transeúntes de algún céntrico puente europeo, o cuando un yihadista (uy, perdón) ejerce su libertad de explosión. Las autoridades articulan entonces las consabidas letanías del tipo “no derrotarán a los demócratas”, que parecen satisfacer a esa parte de la población amaestrada presta a entonar la salmodia de Imagine.

 

Imagine es “La Marsellesa” europea contra el terrorismo islámico. Suena a coña, pero lo es. Es decir: del mismo modo que La Marsellesa condensaba el universo revolucionario francés, Imagine retrata esa Europa ensoñada en que no haya Dios, ni Cielo, ni países, ni nada por lo que matar o morir, según el discurrir lennonista.  Una Marsellesa pretendidamente optimista y, sin embargo, velada de melancolía, como la banda sonora de una era eunucoide en la que se prescribe el abrazo a los yihadistas por toda receta frente al terror. O la imbecilidad entronizada.

Ornato más o menos inocente y naïf en apariencia, las asépticas velitas e Imagine son en realidad el atrezzo del orquestado crescendo con que se agita la coctelera de emotividad de la población, según costumbre, en las horas posteriores al crimen. Una vacuna, en fin, que trata de prevenir la menor reacción vigorosa.   

En agosto de 1941 Alemania extendía su poder militar desde el cabo Norte en Noruega hasta las ardientes arenas del Sahara, y desde Smolensk hasta las islas del canal de la Mancha. Radio Belgrado –la Wehrmacht también habían conquistado Yugoslavia-  programó una canción, grabada tres años atrás, que hasta el momento había pasado desapercibida. Se llamaba Lilí Marlene, y el locutor, un teniente del ejército, se la dedicaba a sus camaradas que combatían en el norte de África (la de Belgrado era una de las emisoras más potentes del continente, y se oía sin dificultad en los desiertos libios y egipcios).

 

La canción se volvió extraordinariamente popular y desde entonces no dejó de sonar cada noche a la misma hora, justo antes de las diez, a modo de cierre de la programación. Cautivados por la suave y nostálgica melodía, los soldados alemanes la solicitaban a las emisoras una y otra vez, y pronto no hubo ejército –incluyendo el de los enemigos de Alemania- que no tuviese su propia versión.   

El éxito de la canción llamó la atención del ministro de propaganda, dr. Göbbels. Cuando este oyó la canción torció el gesto: aquello no le gustaba. Si en la lánguida voz de Lale Andersen la melancólica tonada encajaba mal con el ethos castrense, la letra resultaba devastadora: un soldado espera ansioso el momento de reunirse con una chica que le espera bajo una farola mientras se pregunta quién ocupará su lugar si a él “le pasa algo”. Reflejo de un estado de ánimo, Göbbels sentenció: con esta canción no podemos ganar la guerra.

 

No hace falta ser un genio de la propaganda para darse cuenta de que Imagine es el tañido fúnebre de la Europa del globalismo y la esterilidad, ya derrotada. Europa solo puede ganar la guerra –porque esto es una guerra- si abandona las políticas suicidas y se desengancha del globalismo; el que algo como Imagine constituya su himno, aún oficioso, es reflejo de que esa Europa se ha convertido en una lacrimosa civilización impotente.